El día empieza con un revuelo inusual.
Luis entra en el salón sosteniendo un cartel improvisado:
“SE BUSCAN: GAFAS DE SOL”.
El Abuelo, con su gorra “VOTA ’92”, lo mira con calma de detective veterano.
—Las gafas no se pierden. Se esconden del sol.
Luis entra en el salón sosteniendo un cartel improvisado:
“SE BUSCAN: GAFAS DE SOL”.
El Abuelo, con su gorra “VOTA ’92”, lo mira con calma de detective veterano.
—Las gafas no se pierden. Se esconden del sol.
Juan aparece con su libreta, preparado para documentar el caso como si fuera un crimen perfecto.
—He contabilizado siete pares desaparecidos.
—Eso no es desaparición (dice el Abuelo). Eso es una migración estacional.
Empieza la investigación.
Luis revisa bolsos, sillas, estanterías y hasta el carrito de los juegos.
Una señora declara:
—Yo tenía unas con cristales azules.
Otra añade:
—Las mías eran negras, elegantes, de “no me hables que estoy descansando”.
Un señor interviene:
—Las mías tenían personalidad. Si las encuentran, díganles que vuelvan.
El Abuelo observa todo con paciencia.
—Las gafas de sol son como los gatos. Van donde quieren, vuelven cuando les da la gana.
A media mañana, Juan encuentra la primera pista:
un par de gafas en el tiesto de una planta.
—¿Quién deja unas gafas aquí?
—Alguien que confía en la fotosíntesis, dice el Abuelo.
Luego aparece otro par en la nevera portátil.
Luis se lleva las manos a la cabeza.
—¿Pero quién mete unas gafas en la nevera?
—Alguien que quiere que vean la vida con frescura, responde el Abuelo.
Finalmente, descubren el escondite principal:
una hamaca estratégicamente colocada bajo la sombra, con tres pares de gafas descansando como si estuvieran de vacaciones.
Una residente confiesa:
—Las puse ahí para que no se calentaran.
Luis suspira.
—Pero avise, por favor.
—No quería molestar.
El Abuelo asiente.
—El silencio es el origen de todos los misterios.Para evitar futuros dramas, Juan propone un sistema:
—Punto oficial de gafas perdidas.
Los residentes aplauden.
Una señora pregunta:
—¿Y si no quiero que mis gafas estén en un punto oficial?
—Entonces llévelas puestas (dice el Abuelo), es la única garantía.
Al final del día, todas las gafas han sido recuperadas, limpiadas y devueltas a sus dueños… más o menos.
El patio se llena de miradas protegidas, cristales tintados y un aire de triunfo colectivo.
Luis sonríe, agotado pero satisfecho.
—Creo que hoy hemos resuelto un caso complicado.
—Hoy hemos devuelto la vista al verano (corrige el Abuelo). Y eso siempre es motivo de celebración.
Mientras cae la tarde, las gafas brillan bajo el sol suave.
El Abuelo se abanica con calma y concluye:
—Hoy aprendimos que, en verano, las gafas de sol no son un accesorio. Son un estado de ánimo.
—He contabilizado siete pares desaparecidos.
—Eso no es desaparición (dice el Abuelo). Eso es una migración estacional.
Empieza la investigación.
Luis revisa bolsos, sillas, estanterías y hasta el carrito de los juegos.
Una señora declara:
—Yo tenía unas con cristales azules.
Otra añade:
—Las mías eran negras, elegantes, de “no me hables que estoy descansando”.
Un señor interviene:
—Las mías tenían personalidad. Si las encuentran, díganles que vuelvan.
El Abuelo observa todo con paciencia.
—Las gafas de sol son como los gatos. Van donde quieren, vuelven cuando les da la gana.
A media mañana, Juan encuentra la primera pista:
un par de gafas en el tiesto de una planta.
—¿Quién deja unas gafas aquí?
—Alguien que confía en la fotosíntesis, dice el Abuelo.
Luego aparece otro par en la nevera portátil.
Luis se lleva las manos a la cabeza.
—¿Pero quién mete unas gafas en la nevera?
—Alguien que quiere que vean la vida con frescura, responde el Abuelo.
Finalmente, descubren el escondite principal:
una hamaca estratégicamente colocada bajo la sombra, con tres pares de gafas descansando como si estuvieran de vacaciones.
Una residente confiesa:
—Las puse ahí para que no se calentaran.
Luis suspira.
—Pero avise, por favor.
—No quería molestar.
El Abuelo asiente.
—El silencio es el origen de todos los misterios.Para evitar futuros dramas, Juan propone un sistema:
—Punto oficial de gafas perdidas.
Los residentes aplauden.
Una señora pregunta:
—¿Y si no quiero que mis gafas estén en un punto oficial?
—Entonces llévelas puestas (dice el Abuelo), es la única garantía.
Al final del día, todas las gafas han sido recuperadas, limpiadas y devueltas a sus dueños… más o menos.
El patio se llena de miradas protegidas, cristales tintados y un aire de triunfo colectivo.
Luis sonríe, agotado pero satisfecho.
—Creo que hoy hemos resuelto un caso complicado.
—Hoy hemos devuelto la vista al verano (corrige el Abuelo). Y eso siempre es motivo de celebración.
Mientras cae la tarde, las gafas brillan bajo el sol suave.
El Abuelo se abanica con calma y concluye:
—Hoy aprendimos que, en verano, las gafas de sol no son un accesorio. Son un estado de ánimo.
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