El día empieza con un descubrimiento inquietante:las sillas plegables del patio han decidido rebelarse.
Luis entra en el salón con una de ellas bajo el brazo, temblando como si fuera un animal salvaje.
—No se abren (anuncia). O se abren demasiado.
El Abuelo, con su gorra “VOTA ’92”, lo mira con gravedad.
—Las sillas plegables no fallan. Evalúan a la persona.
Juan aparece con su libreta, preparado para estudiar el fenómeno.
—He observado tres comportamientos anómalos:
Sillas que no abren.
Sillas que abren de golpe.
Sillas que abren… pero no cierran.
—Eso es personalidad (dice el Abuelo). Igual que nosotros.En el patio, los residentes se acercan con cautela.
Una señora señala una silla que parece estar a medio camino entre abierta y cerrada.
—Esa está indecisa.
—Esa está en crisis existencial, responde el Abuelo.
Luis intenta demostrar cómo abrirlas correctamente.
—Hay que tirar de aquí y empujar de allá.
Pero la silla decide doblarse hacia el lado contrario.
Un residente comenta:
—Esa silla tiene carácter.
—Esa silla tiene mala leche, corrige el Abuelo.
A media mañana, el patio parece un taller mecánico improvisado.
Luis revisa bisagras.
Juan toma notas.
Los residentes observan como si asistieran a una cirugía en directo.
Una señora pregunta:
—¿Y si mejor usamos las sillas normales?
—Las sillas normales (dice el Abuelo) son para invierno. En verano se sufre con estilo.
Para evitar un caos mayor, Juan propone un sistema:
—Clasifiquemos las sillas según su comportamiento.
Los residentes aplauden la idea.
Empieza la catalogación:
Las obedientes; abren y cierran sin drama.
Las temperamentales; requieren negociación.
Las imprevisibles; mejor observarlas desde lejos.
El Abuelo asiente.
—La vida es igual. Solo que sin bisagras.
Finalmente, Luis encuentra la solución:
—Hay que abrirlas de lado, no de frente.
Los residentes prueban.
Funciona.
Una señora exclama:
—¡Milagro!
—No es milagro (dice el Abuelo). Es técnica ancestral.
Al final del día, el patio está lleno de sillas plegables correctamente abiertas, residentes orgullosos y un ambiente de victoria colectiva.
Luis suspira, agotado pero satisfecho.
—Creo que hoy hemos domado a las sillas.
—Hoy hemos aprendido su idioma (corrige el Abuelo). Y eso siempre une.
Mientras cae la tarde, las sillas descansan como guerreras pacificadas.
El Abuelo se abanica con calma y concluye:
—Hoy aprendimos que, en verano, hasta las sillas tienen carácter. Y que la paciencia… también se pliega.
No hay comentarios:
Publicar un comentario