Luis llegó hoy al café con una carpeta bajo el brazo y una mirada de esas que anuncian tormenta intelectual.
Se sentó, pidió su cortado, y soltó
“Si van a sustituir personas por robots… habrá que ponerles impuestos. Igual que a nosotros.”
Juan levantó la ceja.
El Abuelo dejó la tostada a medio camino.
Yo me preparé para lo que venía.
Luis, ingeniero de los de antes, explicó que había estado leyendo sobre la reducción de puestos de trabajo por automatización. No era una teoría, era una tendencia. Y no era una tendencia, era una decisión empresarial.
Así que propuso algo que, según él, tarde o temprano llegará: el IMR, Impuesto Mínimo Robotizado.
¿Qué es el IMR?
Luis lo definió con una claridad que daba miedo:
—“Un impuesto que se aplica a cada robot que sustituya a una persona. No por existir, sino por reemplazar.”
El Abuelo, que ya estaba dentro del debate, añadió:
—“Como cuando las empresas pagaban cotizaciones por cada trabajador. Si ahora el trabajador es una máquina, que paguen por la máquina.”
Luis asentía, satisfecho.
El IMR no sería un castigo, sino un equilibrador social.
Un mecanismo para evitar que la automatización se convierta en una vía rápida hacia la desaparición del empleo humano.
La alternativa que plantea Luis
La idea es sencilla y radical a la vez:
Si una empresa decide sustituir a una persona por un robot, paga un impuesto equivalente a la cotización, formación y protección social que esa persona habría recibido.
Ese impuesto se destina a un fondo público para reentrenar, recolocar y sostener a los trabajadores desplazados.
El IMR no prohíbe la automatización, pero la hace responsable.
Y obliga a las empresas a pensar dos veces antes de reemplazar humanos por máquinas.
Juan, siempre pragmático, lo resumió:
—“Si quieren robots, que paguen humanidad.”
¿Por qué esta alternativa importa?
Porque la automatización ya no es futurismo.
Es presente.
Y está ocurriendo en tareas que antes parecían intocables: atención telefónica, administración, supervisión, logística, incluso cuidado básico.
Luis lo dijo con una frase que nos dejó mudos:
—“Si no ponemos límites, el trabajo humano será un lujo. Y los mayores, un estorbo.”
El Abuelo respiró hondo.
—“No podemos permitir que la tecnología avance sin preguntarse a quién deja atrás.”
La pregunta que queda en el aire
¿Es el IMR una solución real o una utopía?
¿Estamos dispuestos a exigir responsabilidad a quienes automatizan?
¿O aceptaremos que el futuro se construya sin nosotros?
Luis cerró su carpeta y terminó su café.
—“No quiero frenar la tecnología. Quiero que no nos pase por encima.”
Y ahí quedó la idea:
Un impuesto para que los robots trabajen… pero no a costa de que dejemos de hacerlo nosotros.

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