—Hoy cortamos la sandía grande, anuncia Luis, con tono solemne, como quien comunica un acontecimiento histórico.
El Abuelo, con su gorra “VOTA ’92”, asiente despacio.
—La sandía no se corta. Se honra.
—He calculado que pesa casi nueve kilos.
—Eso no es una sandía (responde el Abuelo). Es un compromiso.
En el comedor, los residentes se reúnen alrededor de la mesa como si asistieran a una ceremonia ancestral.
Luis coloca la sandía en el centro.
—Necesito silencio. Esto requiere precisión.
—Y fe —añade el Abuelo.
Crac.
El sonido resuena por toda la sala.
Una señora aplaude.
Otro residente murmura:
—Esto sí que es verano.
Cuando Luis abre la sandía, el rojo brillante ilumina la mesa como si fuera un tesoro recién descubierto.
Juan toma notas frenéticamente.
—Textura perfecta. Nivel de jugosidad: máximo.
—Nivel de felicidad: también máximo —dice el Abuelo.
Cada trozo es recibido como un regalo.
Una residente se limpia el jugo de la barbilla y declara:
—Esto rejuvenece más que una crema cara.
El Abuelo asiente.
—La sandía es el botox del pueblo.
Pero no todo es paz.
Un residente protesta:
—¡Mi trozo es más pequeño!
Luis suspira.
—No, es ópticamente distinto.
—Es más pequeño, insiste el hombre.
El Abuelo interviene con sabiduría veraniega.
—En verano, la justicia se mide en frescor, no en centímetros.
Finalmente, todos disfrutan en silencio, ese silencio que solo aparece cuando algo está realmente bueno.
El jugo gotea, las sonrisas se ensanchan y el calor parece aflojar un poco.
—Misión cumplida.
—Misión celebrada (corrige el Abuelo). Hoy hemos demostrado que la sandía no es fruta. Es un acontecimiento social.
Mientras los residentes vuelven a sus sillas, el Abuelo se abanica con dignidad y concluye:
—En esta casa, el verano se corta en rodajas… y se comparte.
Luis entra con una caja llena de abanicos de colores.
—Los encontré en el almacén. Podemos repartirlos.
El Abuelo lo mira con solemnidad.
—Hijo, eso no es reparto. Eso es convocar un torneo.
—¿Un torneo de qué?
—De abanicos (responde el Abuelo). Técnica, estilo y resistencia. El triatlón del verano.
En cuestión de minutos, varios residentes se apuntan. Una señora presume de muñeca flexible; otro asegura que domina “el golpe sevillano”; una tercera afirma que su abanico “hace más aire que el ventilador viejo”.
Luis, divertido, organiza una clasificación improvisada.
—Primera prueba: velocidad.
Los abanicos empiezan a sonar como un bosque en pleno vendaval.
Fff-fff-fff-fff-fff.
Juan toma notas con rigor científico.
—Interesante. La generación de aire aumenta un 40% cuando hay motivación competitiva.
El Abuelo asiente.
—La ciencia lo confirma: el verano saca lo mejor y lo peor de nosotros.Segunda prueba: estilo.
Una residente ejecuta un movimiento elegante digno de zarzuela. Otro hace un giro tan brusco que casi pierde el equilibrio.
Luis aplaude.
—¡Eso es arte!
—Eso es supervivencia —corrige el Abuelo—. El calor nos obliga a innovar.La final es de resistencia. Dos participantes se abanican sin parar mientras el público anima.
—Esto es épico, susurra Juan.
—Esto es agosto (dice el Abuelo). Y agosto siempre exige héroes.
Finalmente, gana una señora de 87 años que no ha perdido el ritmo ni un segundo. Levanta su abanico como si fuera un trofeo.
—La muñeca es lo último que se jubila —declara orgullosa.El salón estalla en aplausos. El aire se mueve, las risas también, y el calor parece rendirse por un momento.
El Abuelo se abanica con dignidad y concluye:
—Hoy hemos demostrado que, cuando el verano aprieta, el ingenio se despliega… como un buen abanico.