Hoy El Abuelo y Juan se han ido al parque. Paseo tranquilo, sombra de los árboles, y de repente Juan suelta una bomba:
“Oye, Abuelo… ¿una mujer que nunca ha estado embarazada puede opinar igual que una que sí ha tenido hijos?”
El Abuelo frenó en seco. No por la pregunta, sino por la trampa que escondía.
Porque claro, si seguimos esa lógica, entonces:
– Quien no ha sido mayor no puede hablar de mayores.
– Quien no ha sido jubilado no puede hablar de jubilación.
– Quien no ha vivido la dependencia no puede legislar sobre dependencia.
– Y quien no ha pisado una residencia… mejor que ni opine.
Vamos, que media sociedad debería quedarse callada por falta de “experiencia acreditada”.
Y sin embargo, ahí están:
expertos en envejecimiento con 32 años,
gurús de la jubilación que no han cotizado ni la mitad,
opinadores profesionales que hablan de “los mayores” como si fueran una especie exótica,
y articulistas que describen la vejez con la misma precisión con la que un turista describe un país desde la ventanilla del avión.
Juan, con su ironía habitual, remató:
“Parece que para hablar de nosotros basta con no ser nosotros.”
Y El Abuelo añadió, afilado:
“La experiencia solo cuenta cuando interesa. Cuando no, se sustituye por un PowerPoint.”
La escena era casi cómica: dos hombres que sí han vivido, sí han envejecido, sí han trabajado, sí han perdido, sí han ganado… escuchando cómo otros explican lo que significa ser ellos.
Porque esa es la paradoja:
la sociedad exige experiencia para todo… menos para opinar sobre la vida de los mayores.
Ahí cualquiera vale.
Cualquiera diagnostica.
Cualquiera prescribe.
Cualquiera pontifica.
Y mientras tanto, los verdaderos protagonistas (los que han vivido más que todos esos expertos juntos) siguen siendo tratados como figurantes.
Quizá el problema no es quién puede hablar.
Quizá el problema es quién se permite hacerlo sin haber escuchado antes.
Porque opinar es libre, sí.
Pero opinar sin escuchar a quienes viven la realidad es otra cosa:
es soberbia con envoltorio académico.
El Abuelo lo resumió mejor que nadie:
“No hace falta haber vivido todo para opinar. Pero sí hace falta respeto para no creerse dueño de la verdad.”
Y ahí está la clave.
No se trata de callar a nadie.
Se trata de que, por una vez, los mayores no sean el tema… sino la voz.










