Crónica de elabueloinfiltrado — “Rosa, los antepasados y el café con leche”

Hoy Juan y yo nos hemos ido a desayunar a la cafetería de siempre. Ese templo sagrado donde el café sabe a hogar y las tostadas a que todavía seguimos vivos.

Juan venía con un asunto entre ceja y ceja, lo noté porque ni siquiera esperó a que me sentara.—Oye, Abuelo… ¿tú crees que Rosa, la de la habitación de al lado, vio ayer a un familiar?
—¿A cuál? (le pregunté). Porque si es al cuñado, igual es más una pesadilla que una aparición.Luis no se rió. Mala señal.

Me contó que Rosa tiene deterioro cognitivo y que ayer decía que veía a un antepasado sentado en la silla. El médico hablaba con la enfermera y comentaba que estas visiones son habituales en personas mayores. Que a veces aparecen padres, hermanos, incluso abuelos que ya no están.
Y claro, Juan se quedó pensativo.
Yo también. Porque una cosa es que te duelan las rodillas, y otra muy distinta es que empieces a ver a tu bisabuelo en la mesilla de noche diciéndote que te tapes, que vas a coger frío.

¿Te imaginas, Abuelo? (me dijo Juan). ¿Y si un día nos pasa a nosotros?
Yo le di un sorbo al café, respiré hondo y le contesté:
Luis, a nuestra edad lo raro sería que no viniera nadie. Con la cantidad de gente que hemos despedido por el camino, si no aparece ni uno, me preocuparía. Sería como no recibir visitas ni en el más allá.
Se rió. Por fin. Pero luego nos quedamos los dos en silencio. Ese silencio que solo entienden los que ya han vivido más de lo que les queda por vivir.
Porque detrás del humor hay una verdad incómoda: el cerebro envejece, y a veces se inventa compañía para no estar tan solo.Y aun así, ¿sabes qué pensé?
Que ojalá todos tuviéramos a alguien (real o imaginado) que se siente a nuestro lado cuando la memoria se nos escape por las rendijas.Que ojalá la sociedad entendiera que estas cosas no son “locuras”, sino historias que el cerebro cuenta para seguir siendo humano.Que ojalá dejáramos de hablar de los mayores y empezáramos a hablar con ellos.

Porque incluso cuando ven antepasados, siguen necesitando lo mismo que tú y yo: miradas, presencia, y un poco de paciencia. Juan terminó su tostada y me dijo:
Abuelo, si un día me ves hablando solo, tú déjame. Igual estoy con mi padre.
... si un día me ves a mí (le respondí), siéntate. Igual te presento a los míos.Y seguimos desayunando.

Con humor, con respeto, y con esa complicidad que solo se construye cuando ya no queda tiempo para tonterías.

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