Crónica de elabueloinfiltrado ¿Nos han enseñado a ser mayores?

Hoy, El Abuelo y Luis lanzaron una pregunta que parece simple, pero que duele más cuanto más se piensa: 

¿Nos han enseñado a ser mayores?

La respuesta, por incómoda que sea, parece clara: no. 
Nos enseñaron a trabajar, a producir, a obedecer, a ahorrar, a competir, a cuidar de otros… 
Pero nadie nos enseñó a cuidar de nosotros mismos cuando el tiempo empieza a pesar. 
Nadie nos enseñó a envejecer con dignidad, ni a reclamar el derecho a seguir siendo protagonistas.

La sociedad nos preparó para ser útiles, no para ser libres. 
Y cuando la utilidad se acaba, el sistema nos deja en un limbo: 
no somos jóvenes para decidir, ni dependientes para que nos atiendan, ni enfermos para que nos prioricen. 
Solo mayores, como si eso fuera una categoría aparte, un territorio sin mapa.

Luis lo dijo con ironía: 
“Nos enseñaron a ser mayores como quien enseña a apagar la luz antes de salir.” 
Y El Abuelo, con esa mezcla de humor y rabia que lo caracteriza, añadió: 
“Nos enseñaron a desaparecer con educación.”

La frase provocó risas, pero también silencio. 
Porque detrás de la ironía hay una verdad brutal: la vejez no tiene manual de instrucciones. 
Y lo peor es que el sistema tampoco parece interesado en escribirlo.

Nos hablan de envejecimiento activo, de participación, de bienestar… 
Pero la realidad es que muchos mayores viven sin espacio real para decidir, sin voz en las estructuras que los afectan, sin reconocimiento más allá del agradecimiento simbólico.

Ser mayor debería ser una conquista, no una renuncia. 
Debería ser el momento de ejercer la experiencia, no de justificar la existencia. 
Debería ser el tiempo de enseñar, no de esperar.

Pero para eso, primero habría que cambiar el relato. 
Dejar de tratar la vejez como un problema y empezar a verla como una etapa de poder. 
Dejar de hablar de “los mayores” como si fueran un grupo homogéneo y empezar a hablar desde ellos, con ellos, por ellos.

Quizá el verdadero aprendizaje pendiente sea este: 
aprender a ser mayores sin pedir permiso. 
A ocupar el espacio que nos corresponde. 
A no aceptar el silencio como forma de respeto. 
A reivindicar la edad como una perspectiva, no como un límite.

Porque si nadie nos enseñó a ser mayores, entonces toca hacerlo nosotros. 
Y hacerlo con la misma rebeldía con la que aprendimos a vivir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario