Hoy Julio se ha sentado con nosotros en el comedor. No venía a conversar, venía a descargar algo que no sabía dónde colocar.
Su compañero de habitación, 89 años, le ha dicho que quiere morirse. Sin dramatismo, sin lágrimas, sin pedir ayuda. Como quien comunica una conclusión a la que ha llegado después de demasiadas vueltas.
No tiene deterioro cognitivo. No del que se mide con test, al menos.
Lo que tiene es una mente que no se detiene. Una mente que repasa episodios antiguos como si fueran recientes, que reordena escenas, que reinterpreta gestos, que encuentra fallos donde antes había excusas. Y en cada revisión aparece un motivo para culparse.
Julio lo contaba con esa mezcla de incomodidad y respeto que surge cuando uno escucha algo demasiado grande para opinar.
Nosotros lo escuchábamos igual.
Lo que este hombre recuerda puede ser cierto o no.
Puede estar exagerando o minimizando.
Puede que su memoria sea fiel o que sea una trampa.
La vejez no garantiza verdad; garantiza perspectiva. Y la perspectiva, a veces, es más afilada que la realidad.
Hay personas que llegan al final de la vida con un inventario moral que nadie les exige, pero que pesa como si fuera oficial. Una auditoría íntima donde se mezclan culpa, orgullo, miedo, silencios y una lucidez que no siempre es amable.
Quizá la pregunta no sea por qué un hombre de 89 años quiere morirse, sino por qué seguimos imaginando la vejez como un territorio de paz. A veces es todo lo contrario: un lugar donde las cuentas pendientes se vuelven más ruidosas que nunca, donde el pasado deja de ser pasado y se convierte en un presente insistente.
No hay moraleja.
No hay buenos ni malos.
No hay certeza de nada.
Solo la constatación de que envejecer no es un proceso lineal ni justo.
Es humano. Y lo humano, cuando ya no queda nada que demostrar pero sí mucho que recordar, puede doler más que cualquier enfermedad.

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