Crónica de elabueloinfiltrado La caída de credibilidad de muchos influencers

Las mañanas con Luis siempre empiezan igual: café, titulares y una pregunta que nos obliga a mirar más allá del ruido. Hoy llega con una preocupación que, admitámoslo, ya flota en el ambiente: la caída de credibilidad de muchos/as influencers. Y no por casualidad.

En las últimas semanas, perfiles dedicados a opinar sobre salud, psicología, nutrición o bienestar han perdido seguidores y confianza. No es extraño. Cuando cualquiera puede “hacer de profesional” sin serlo, el riesgo deja de ser abstracto y se convierte en un problema social.

Luis lanza la pregunta que nos deja en silencio:
¿No debería exigirse acreditación profesional, o al menos una regulación mínima a quienes opinan públicamente sobre ámbitos que afectan directamente a la salud de las personas?

Porque la comparación es inevitable.
Si un psicólogo acreditado abre una consulta, debe cumplir requisitos estrictos: formación reglada, colegiación, supervisión, responsabilidad civil.
Pero si alguien “hace de psicólogo” en redes sociales, ¿qué ocurre?
Nada.
No hay inspección.
No hay verificación.
No hay consecuencias más allá del algoritmo.

Y aquí aparece el verdadero dilema ético:
¿Por qué aceptamos que en el espacio digital se pueda ejercer una influencia sanitaria sin garantías, mientras que en el espacio físico exigimos acreditación, responsabilidad y supervisión?

La salud mental, la alimentación, los tratamientos alternativos, los consejos médicos… no son entretenimiento. Son ámbitos donde una mala recomendación puede generar daño real: abandono de terapias, retraso en diagnósticos, culpabilización, estigmas, falsas expectativas o incluso riesgos físicos.

La pregunta de Luis no busca censura. Busca coherencia.
Si regulamos la práctica profesional para proteger a las personas, ¿por qué no regulamos también la apariencia de práctica profesional cuando se ejerce ante millones de seguidores?

Quizá ha llegado el momento de abrir este debate sin miedo:
Verificación profesional para quienes difunden contenido sanitario.
Transparencia obligatoria sobre formación y fuentes.
Sanciones claras cuando se difunda información falsa con impacto en la salud.
Educación digital para que la ciudadanía identifique señales de alerta.

Porque la libertad de expresión es un derecho.
Pero la salud es un bien común.
Y cuando ambos chocan, la responsabilidad no puede quedar en manos del algoritmo.

Luis termina su café y deja la frase que resume todo:
“Opinar es libre. Influir en la salud de otros debería ser responsable.”

¿Abrimos el debate?

No hay comentarios:

Publicar un comentario