Crónica de elabueloinfiltrado Cuando querer trabajar bien se convierte en un riesgo laboral

En el sector de los cuidados, especialmente en residencias de mayores, solemos hablar de vocación, empatía y compromiso. Sin embargo, hay realidades que rara vez se cuentan y que están provocando que muchas gerocultoras (profesionales esenciales para el bienestar de nuestros mayores) abandonen un trabajo que aman.

Hace poco conocí el caso de una gerocultora de turno de noche que decidió comunicar a su coordinadora una práctica peligrosa: una compañera silenciaba la centralita para poder descansar, dejando sin atención los timbres de los residentes. Una situación grave, que cualquier profesional responsable denunciaría.

La respuesta no fue la esperada. En lugar de investigar, corregir o proteger a quien actuó con ética, la gerocultora temporal fue despedida. La compañera fija, en cambio, permaneció en su puesto. Entre pasillos, algunas voces comentaban que la coordinadora tenía “su propio grupo” dentro del equipo, un círculo donde la estabilidad laboral parecía garantizada.

La residencia, con 150 plazas y lista de espera permanente, sufre una rotación constante… excepto en ese pequeño núcleo. La dirección, según cuentan, tampoco está satisfecha con las presiones de la alta dirección, más centrada en la rentabilidad que en la calidad asistencial. Y mientras tanto, las profesionales que quieren hacer bien su trabajo sienten que caminar recto puede costarles el empleo.

Este no es un caso aislado. Es un síntoma.

Cuando la cultura organizativa castiga la ética, el talento se marcha.

Las gerocultoras soportan cargas físicas, emocionales y organizativas enormes. Y aun así, muchas se esfuerzan por mantener estándares de calidad que a veces la propia estructura no favorece. Cuando se encuentran con presiones, favoritismos o represalias, el mensaje es devastador: “No importa que hagas lo correcto, importa a quién incomodes”.

El resultado es conocido: fuga de profesionales, desgaste emocional, pérdida de vocación y un deterioro silencioso de la atención a las personas mayores.

El sector necesita algo más que manos: necesita justicia organizativa.

Porque cuidar bien no debería ser un acto heroico. Debería ser la norma. Y para que lo sea, las organizaciones deben proteger a quienes actúan con responsabilidad, fomentar la transparencia y garantizar que la ética profesional no sea un motivo de riesgo laboral.

Las gerocultoras no abandonan el sector porque no quieran cuidar. Lo abandonan porque, a veces, no las dejan hacerlo bien.

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