La baja estratégica: el arte de enfermarse en fechas clave
Hay fenómenos que desafían la estadística, la medicina y hasta el sentido común. Uno de ellos ocurre cada verano, Navidad, Carnaval y Semana Santa en muchas residencias: la aparición súbita y sincronizada de bajas laborales. No de cualquiera, no. De los mismos profesionales, año tras año, como si siguieran un calendario alternativo de dolencias estacionales.
Como directora de residencia, he aprendido a anticipar estos eventos con más precisión que el parte meteorológico. ¿Llega diciembre? Prepárate para la "gripe contractual". ¿Semana Santa? Vuelve la "lumbalgia litúrgica". ¿Carnaval? La "fatiga festiva" hace su entrada triunfal. Y en verano, claro, la "dermatitis de playa" arrasa con los turnos.
No se trata de negar el derecho a enfermarse. Faltaría más. Pero cuando la baja se convierte en una tradición más estable que el contrato fijo, uno empieza a preguntarse si el virus no viene con sombrilla y reserva en Booking.
Lo curioso es que estas bajas no aparecen en la etapa de contratos temporales. Ahí, la salud florece. Pero una vez consolidado el contrato indefinido, parece que el cuerpo recuerda todos los males reprimidos. Casualidad, dirán algunos. Coincidencia, dirán otros. Yo, que ya no creo en los Reyes Magos, empiezo a sospechar que hay más estrategia que sintomatología.
¿Y qué pasa mientras tanto? Se destruye el cuadro de turnos, se inicia la caza del suplente (especie en peligro de extinción), se sobrecarga al equipo que sí está, y se perjudica a los residentes, que no entienden por qué hay menos manos y más retrasos. Porque en este sector, cada ausencia pesa. Y cada baja estratégica es una bofetada a la vocación.
Quizás ha llegado el momento de hablar claro. De revisar patrones. De cruzar datos. No para perseguir, sino para proteger. Porque cuando la excepción se convierte en norma, algo falla. Y no es solo el sistema inmunológico.
Hay fenómenos que desafían la estadística, la medicina y hasta el sentido común. Uno de ellos ocurre cada verano, Navidad, Carnaval y Semana Santa en muchas residencias: la aparición súbita y sincronizada de bajas laborales. No de cualquiera, no. De los mismos profesionales, año tras año, como si siguieran un calendario alternativo de dolencias estacionales.
Como directora de residencia, he aprendido a anticipar estos eventos con más precisión que el parte meteorológico. ¿Llega diciembre? Prepárate para la "gripe contractual". ¿Semana Santa? Vuelve la "lumbalgia litúrgica". ¿Carnaval? La "fatiga festiva" hace su entrada triunfal. Y en verano, claro, la "dermatitis de playa" arrasa con los turnos.
No se trata de negar el derecho a enfermarse. Faltaría más. Pero cuando la baja se convierte en una tradición más estable que el contrato fijo, uno empieza a preguntarse si el virus no viene con sombrilla y reserva en Booking.
Lo curioso es que estas bajas no aparecen en la etapa de contratos temporales. Ahí, la salud florece. Pero una vez consolidado el contrato indefinido, parece que el cuerpo recuerda todos los males reprimidos. Casualidad, dirán algunos. Coincidencia, dirán otros. Yo, que ya no creo en los Reyes Magos, empiezo a sospechar que hay más estrategia que sintomatología.
¿Y qué pasa mientras tanto? Se destruye el cuadro de turnos, se inicia la caza del suplente (especie en peligro de extinción), se sobrecarga al equipo que sí está, y se perjudica a los residentes, que no entienden por qué hay menos manos y más retrasos. Porque en este sector, cada ausencia pesa. Y cada baja estratégica es una bofetada a la vocación.
Quizás ha llegado el momento de hablar claro. De revisar patrones. De cruzar datos. No para perseguir, sino para proteger. Porque cuando la excepción se convierte en norma, algo falla. Y no es solo el sistema inmunológico.
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