Empiezo el turno con la sensación de que el reloj corre más rápido que yo; si alguien de fuera pasara un solo día a nuestro lado, entendería muchas cosas que no caben en informes, ni en estadísticas, ni en discursos bien intencionados.
Trabajar en una residencia es vivir en un equilibrio entre la vocación y cansancio, entre satisfacción y frustración, entre lo que sabemos que deberíamos hacer y lo que el tiempo nos permite hacer.
1. El día empieza antes de que empiece
Cuando llego, ya estoy pensando en las bajas, en quién cubre a quién, en si hoy tendremos tiempo para hacer algo más que lo imprescindible.
Aquí hay personas que me esperan.
Aunque el sistema no siempre nos acompañe, nosotros sí nos acompañamos entre nosotros.
2. Cuidar es más que hacer tareas
Desde fuera parece sencillo: levantar, asear, medicar, acompañar, alimentar, movilizar.
Cuidar no es una lista, sino una forma de estar. Es:
-sostener una mano cuando alguien tiene miedo
-escuchar la misma historia por décima vez como si fuera la primera
-detectar un cambio mínimo en la mirada y saber que algo no va bien
-celebrar un pequeño avance que nadie más verá.
Esto es lo que da sentido a todo.
3. La presión invisible
Trabajo con un cronómetro pegado a la espalda.
Ratios ajustados, tiempos medidos, exigencias crecientes.
Al mismo tiempo, familias que quieren lo mejor, administraciones que piden más controles y empresas que intentan sobrevivir en un modelo que no termina de encajar.
En medio de todo eso estamos nosotros, intentando que la calidad no dependa del milagro de que hoy haya suficiente personal.
4. La emoción que no se puede apagar
No hay que llevarse el trabajo a casa.
Pero ¿cómo cuando has acompañado a alguien en su último día?
¿Cómo cuando ves a una compañera llorar en el pasillo porque no ha podido dedicar cinco minutos más a quien lo necesitaba?
¿Cómo cuando te preguntas si mañana podrás hacerlo mejor?
Somos profesionales, sí.
Pero somos humanos.
Y eso, aunque duela, es lo que nos mantiene aquí.
5. Lo que nos sostiene
A pesar de todo, hay algo que siempre me devuelve la fuerza:
los pequeños gestos que nadie ve.
Una residente que te dice “gracias por tratarme con cariño”.
Un compañero que te cubre un minuto para que puedas respirar.
Una familia que reconoce tu trabajo.
Una dirección que escucha, aunque no siempre pueda resolver.
Momentos que hacen que el turno sienta que ha merecido la pena.
Reflexión final del profesional infiltrado
No pedimos heroicidades.
Pedimos coherencia, recursos, reconocimiento y tiempo.
Pedimos poder cuidar como sabemos cuidar.
Detrás de cada uniforme hay una persona que quiere hacer bien su trabajo.
Y detrás de cada residente hay una vida que merece ser acompañada con dignidad.
Mientras tanto, seguiremos aquí.
Sosteniendo, cuidando, resistiendo.
Y que, incluso difícil, la humanidad no se pierda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario