Leyéndola pensé que quizá estamos enfocando mal la conversación.
Hablamos constantemente de cómo ayudar a los mayores a conservar la ilusión, como si fuera algo que debiéramos entregarles desde fuera. Pero tal vez la pregunta debería ser otra:
¿Por qué seguimos sorprendidos cuando una persona mayor tiene ilusión?
Nos sigue pareciendo extraordinario que alguien de 75, 80 o 90 años quiera iniciar un proyecto, aprender algo nuevo, enamorarse de una idea, emprender una actividad o imaginar un futuro diferente. Y ese asombro revela más sobre nuestros prejuicios que sobre su realidad.
La sociedad ha asociado durante demasiado tiempo el envejecimiento con la dependencia, la fragilidad y la retirada progresiva de la vida activa. Como si cumplir años significara abandonar sueños, curiosidades o deseos.
Sin embargo, quienes convivimos con personas mayores sabemos que ocurre exactamente lo contrario.
Lo que mantiene viva a una persona no es únicamente la salud física. Es tener motivos para levantarse por la mañana. Es sentir que todavía hay conversaciones que merecen la pena, personas a las que aportar valor, lugares por descubrir y proyectos que construir.
La ilusión es una necesidad humana, no una característica de la juventud.
Nadie le pregunta a una persona de 40 años por qué sigue teniendo sueños. Nadie considera excepcional que alguien de 50 haga planes para los próximos diez años. ¿Por qué entonces seguimos pensando que una persona de 80 debe conformarse con recordar el pasado en lugar de construir futuro?
Quizá porque seguimos mirando la edad cronológica y olvidamos algo esencial: el ser humano no deja de necesitar propósito.
Las personas mayores no son un colectivo definido por sus limitaciones. Son ciudadanos con experiencia, conocimientos, criterio y capacidad de contribución. Lo que muchas veces limita su participación no es la edad, sino las expectativas reducidas que otros depositan sobre ellas.
La verdadera inclusión no consiste en proteger a los mayores de la vida.
Consiste en permitirles seguir formando parte de ella.
Quizá haya llegado el momento de cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarnos cómo ayudar a las personas mayores a mantener la ilusión, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para no apagarla.
Porque el futuro no pertenece solo a los jóvenes.
Pertenece a todos aquellos que siguen teniendo razones para esperar el mañana.









