En muchas organizaciones existe una realidad de la que pocos hablan abiertamente: la incorporación de determinados profesionales gracias a su relación personal con directivos, accionistas o propietarios. No me refiero a hijos que forman parte de un proceso de sucesión familiar claramente definido, sino a familiares, amigos o personas cercanas cuya llegada genera dudas desde el primer día.
El problema no es únicamente cómo han llegado, sino las consecuencias que esta situación puede tener sobre el resto de la plantilla.
Cuando un trabajador percibe que una persona ha accedido a la empresa por vínculos personales y no por mérito, experiencia o capacidad demostrada, aparece inevitablemente una sensación de desigualdad.
El mensaje que se transmite es peligroso: el esfuerzo, el talento y los resultados pueden ser menos determinantes que las relaciones personales.
La situación se agrava cuando estos profesionales ocupan puestos de supervisión, control o seguimiento del trabajo de otros compañeros. En esos casos, muchos empleados sienten que cualquier comentario realizado a un superior puede carecer de la necesaria objetividad o incluso estar condicionado por la relación de confianza previa que mantiene esa persona con la dirección.
El resultado suele ser un deterioro progresivo del clima laboral. Aparece la desconfianza, aumenta la cautela en la comunicación y se reduce la transparencia. Los equipos dejan de centrarse exclusivamente en los objetivos para invertir energía en interpretar dinámicas internas que, en teoría, nunca deberían influir en la gestión profesional.
Por supuesto, existen excepciones. Hay personas que han accedido a una empresa por recomendación o cercanía y que demuestran una enorme competencia, humildad y profesionalidad. Cuando esto ocurre, el tiempo suele poner a cada uno en su lugar y las reticencias iniciales desaparecen.
Sin embargo, incluso en esos casos, la sospecha inicial existe. Y ese es precisamente el problema. La percepción de privilegio acompaña al profesional desde el primer día y obliga al resto de la organización a convivir con una duda que nunca debería haberse generado.
Las empresas modernas hablan constantemente de meritocracia, cultura corporativa, talento y confianza. Pero estos conceptos pierden gran parte de su credibilidad cuando determinadas incorporaciones no responden a criterios transparentes.
La confianza es uno de los activos más valiosos de cualquier organización. Cuesta años construirla y apenas unos cuantos nombramientos cuestionables ponerla en riesgo.
Quizá la pregunta que deberían hacerse muchas empresas no es si tienen derecho a contratar a quien quieran, sino si pueden permitirse el coste invisible que esas decisiones generan en la motivación, el compromiso y la confianza de quienes sí llegaron por sus propios méritos.
Porque el verdadero problema del enchufe no es a quién beneficia, sino a cuántos perjudica.

No hay comentarios:
Publicar un comentario