Crónica de elabueloinfiltrado: “El invitado fuera de contexto”
El Abuelo Infiltrado llegó al evento con la misma discreción con la que uno entra en una iglesia ajena: sin hacer ruido, sin levantar sospechas, y con la certeza de que, tarde o temprano, alguien lo miraría como si se hubiera equivocado de puerta. Y no falló.
Apenas cruzó el umbral, sintió ese cosquilleo conocido: el hashtag#edadismo, ese perfume institucional que no se anuncia pero se huele. Un aroma suave, casi imperceptible, que mezcla condescendencia, paternalismo y una pizca de “¿y este qué hace aquí?”. El Abuelo lo detecta al instante, como un sommelier de prejuicios.
La organizacion anfitriona (esa que se autoproclama guardian del cuidado, del bienestar y de la atención a las personas mayores) lo observaron con una mezcla de sorpresa y desconcierto. No porque fuera mayor, sino porque era demasiado mayor para su guion. Ellos esperaban público, no testigos. Mucho menos infiltrados.
Mientras los ponentes hablaban de innovación, calidad y compromiso, el Abuelo Infiltrado repasaba mentalmente la lista de residencias donde la innovación se limita a cambiar el color de los manteles, la calidad se mide en encuestas maquilladas y el compromiso se diluye en organigramas que nadie entiende. Desde su silla, veía desfilar diapositivas llenas de sonrisas perfectas, estadísticas optimistas y frases motivacionales que parecían sacadas de un catálogo de autoayuda corporativa.
¡Qué bonito sería si fuera verdad! pensó.
Pero él conoce la trastienda. Ha visto la mediocridad disfrazada de excelencia, el marketing institucional que promete mundos que no caben en los pasillos estrechos de muchos centros, y la distancia abismal entre lo que se dice en un escenario y lo que se vive en una planta.
Por eso, cuando alguien se le acercó con la típica sonrisa de protocolo y le preguntó si estaba “acompañado”, el Abuelo Infiltrado no pudo evitar sonreír. No por cortesía, sino por ironía.
Sí, me acompaña la realidad, respondió para sus adentros.
Porque esa es su misión: infiltrarse, observar, registrar. No para destruir, sino para recordar que el cuidado no se declama, se practica. Que la dignidad no se imprime en folletos, se garantiza en el día a día. Y que el edadismo, aunque muchos lo nieguen, sigue siendo el elefante en la sala… o en el auditorio.
Al final del evento, mientras los organizadores se felicitaban por el “éxito rotundo”, el Abuelo Infiltrado salió con paso tranquilo. Nadie lo despidió; nadie lo esperaba. Pero él sabía que volvería. Siempre vuelve. Porque donde otros ven un acto institucional, él ve una misión.
Y porque, aunque lo miren como si estuviera fuera de contexto, él sabe que el verdadero fuera de contexto es el sistema que presume lo que no practica.
Apenas cruzó el umbral, sintió ese cosquilleo conocido: el hashtag#edadismo, ese perfume institucional que no se anuncia pero se huele. Un aroma suave, casi imperceptible, que mezcla condescendencia, paternalismo y una pizca de “¿y este qué hace aquí?”. El Abuelo lo detecta al instante, como un sommelier de prejuicios.
La organizacion anfitriona (esa que se autoproclama guardian del cuidado, del bienestar y de la atención a las personas mayores) lo observaron con una mezcla de sorpresa y desconcierto. No porque fuera mayor, sino porque era demasiado mayor para su guion. Ellos esperaban público, no testigos. Mucho menos infiltrados.
Mientras los ponentes hablaban de innovación, calidad y compromiso, el Abuelo Infiltrado repasaba mentalmente la lista de residencias donde la innovación se limita a cambiar el color de los manteles, la calidad se mide en encuestas maquilladas y el compromiso se diluye en organigramas que nadie entiende. Desde su silla, veía desfilar diapositivas llenas de sonrisas perfectas, estadísticas optimistas y frases motivacionales que parecían sacadas de un catálogo de autoayuda corporativa.
¡Qué bonito sería si fuera verdad! pensó.
Pero él conoce la trastienda. Ha visto la mediocridad disfrazada de excelencia, el marketing institucional que promete mundos que no caben en los pasillos estrechos de muchos centros, y la distancia abismal entre lo que se dice en un escenario y lo que se vive en una planta.
Por eso, cuando alguien se le acercó con la típica sonrisa de protocolo y le preguntó si estaba “acompañado”, el Abuelo Infiltrado no pudo evitar sonreír. No por cortesía, sino por ironía.
Sí, me acompaña la realidad, respondió para sus adentros.
Porque esa es su misión: infiltrarse, observar, registrar. No para destruir, sino para recordar que el cuidado no se declama, se practica. Que la dignidad no se imprime en folletos, se garantiza en el día a día. Y que el edadismo, aunque muchos lo nieguen, sigue siendo el elefante en la sala… o en el auditorio.
Al final del evento, mientras los organizadores se felicitaban por el “éxito rotundo”, el Abuelo Infiltrado salió con paso tranquilo. Nadie lo despidió; nadie lo esperaba. Pero él sabía que volvería. Siempre vuelve. Porque donde otros ven un acto institucional, él ve una misión.
Y porque, aunque lo miren como si estuviera fuera de contexto, él sabe que el verdadero fuera de contexto es el sistema que presume lo que no practica.
elabueloinfiltrado
Las Crónicas de hashtag#elabueloinfiltrado no terminan aquí.
🔊 El silencio nunca mejora nada. La verdad, sí.
Esto es solo el comienzo.
Mientras haya profesionales con cosas que decir,
mientras haya incoherencias que señalar,
mientras haya mejoras que impulsar…
hashtag#elabueloinfiltrado seguirá escuchando.
👉 Formulario anónimo:
https://lnkd.in/eAgferKZ
Esto es solo el comienzo.
Mientras haya profesionales con cosas que decir,
mientras haya incoherencias que señalar,
mientras haya mejoras que impulsar…
hashtag#elabueloinfiltrado seguirá escuchando.
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https://lnkd.in/eAgferKZ
Crónica de elabueloinfiltrado La noche en las residencias: el turno invisible que sostiene la dignidad de 140 personas
Hablamos de ratios, protocolos, modelos de atención y grandes discursos sobre dignidad. Pero hay una realidad que rara vez ocupa titulares: las noches en las residencias. Ese turno silencioso, invisible, donde el personal sostiene (con muy poco) la vida cotidiana de decenas de personas mayores.
Hace unos días recibí un mensaje que resume, con crudeza y honestidad, lo que muchos profesionales viven:
❗️“Somos solo dos gerocultores para toda la residencia. La enfermera va a lo suyo. Yo sola llevo a 70 usuarios por noche. El trabajo se hace, claro que se hace, pero mantener a todos secos, cuidados y sin irritaciones implica no descansar. Y eso sin contar las eventualidades, que casi siempre las hay.”
Este testimonio no es una queja aislada. Es un espejo. Y lo que refleja debería incomodarnos.
🌒 La paradoja del turno de noche
Durante el día, los equipos se multiplican: más manos, más ojos, más apoyo.
Durante la noche, en cambio, la responsabilidad se concentra en muy pocas personas, como si las necesidades humanas se redujeran al caer el sol.
La dependencia no duerme.
La incontinencia no duerme.
La fragilidad no duerme.
Las emergencias no duermen.
Y aun así, pedimos a dos gerocultores que sostengan lo que en el día requiere equipos completos.
🌘 ¿Qué implica realmente cuidar a 70 personas con dos profesionales?
- Implica correr en lugar de acompañar.
- Implica resolver en lugar de prevenir.
- Implica priorizar lo urgente sobre lo importante.
- Implica que el descanso del profesional desaparece.
- Implica que la dignidad del usuario depende del heroísmo del trabajador, no de un sistema bien diseñado.
Y cuando un sistema depende del heroísmo, no es un sistema: es una precariedad organizada.
🌑 La noche también merece un modelo de cuidados digno
Si durante el día se reconoce la necesidad de dividir usuarios entre varios gerocultores, ¿por qué en la noche se acepta lo contrario?
La lógica asistencial no cambia con la luz.
La dignidad tampoco.
Un ratio razonable (como propone la profesional que escribió) sería al menos cuatro gerocultores por noche en residencias con 140 usuarios. No para “estar más cómodos”, sino para garantizar:
- Cambios posturales adecuados
- Higienes sin prisas
- Prevención de lesiones
- Atención emocional mínima
- Respuesta rápida ante emergencias
- Descansos reales para el personal
Porque un profesional agotado no puede ofrecer un cuidado seguro.
Y un usuario no debería depender del azar de una noche tranquila.
🔊 Reconocer el problema es el primer paso para transformarlo
Este sector necesita valentía para decir lo que incomoda.
Necesita profesionales que hablen.
Necesita gestores que escuchen.
Y necesita políticas que entiendan que la calidad no se declara: se dota.
La noche no puede seguir siendo el turno olvidado.
Es hora de iluminarla.
Hace unos días recibí un mensaje que resume, con crudeza y honestidad, lo que muchos profesionales viven:
❗️“Somos solo dos gerocultores para toda la residencia. La enfermera va a lo suyo. Yo sola llevo a 70 usuarios por noche. El trabajo se hace, claro que se hace, pero mantener a todos secos, cuidados y sin irritaciones implica no descansar. Y eso sin contar las eventualidades, que casi siempre las hay.”
Este testimonio no es una queja aislada. Es un espejo. Y lo que refleja debería incomodarnos.
🌒 La paradoja del turno de noche
Durante el día, los equipos se multiplican: más manos, más ojos, más apoyo.
Durante la noche, en cambio, la responsabilidad se concentra en muy pocas personas, como si las necesidades humanas se redujeran al caer el sol.
La dependencia no duerme.
La incontinencia no duerme.
La fragilidad no duerme.
Las emergencias no duermen.
Y aun así, pedimos a dos gerocultores que sostengan lo que en el día requiere equipos completos.
🌘 ¿Qué implica realmente cuidar a 70 personas con dos profesionales?
- Implica correr en lugar de acompañar.
- Implica resolver en lugar de prevenir.
- Implica priorizar lo urgente sobre lo importante.
- Implica que el descanso del profesional desaparece.
- Implica que la dignidad del usuario depende del heroísmo del trabajador, no de un sistema bien diseñado.
Y cuando un sistema depende del heroísmo, no es un sistema: es una precariedad organizada.
🌑 La noche también merece un modelo de cuidados digno
Si durante el día se reconoce la necesidad de dividir usuarios entre varios gerocultores, ¿por qué en la noche se acepta lo contrario?
La lógica asistencial no cambia con la luz.
La dignidad tampoco.
Un ratio razonable (como propone la profesional que escribió) sería al menos cuatro gerocultores por noche en residencias con 140 usuarios. No para “estar más cómodos”, sino para garantizar:
- Cambios posturales adecuados
- Higienes sin prisas
- Prevención de lesiones
- Atención emocional mínima
- Respuesta rápida ante emergencias
- Descansos reales para el personal
Porque un profesional agotado no puede ofrecer un cuidado seguro.
Y un usuario no debería depender del azar de una noche tranquila.
🔊 Reconocer el problema es el primer paso para transformarlo
Este sector necesita valentía para decir lo que incomoda.
Necesita profesionales que hablen.
Necesita gestores que escuchen.
Y necesita políticas que entiendan que la calidad no se declara: se dota.
La noche no puede seguir siendo el turno olvidado.
Es hora de iluminarla.
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Junto a nosotros, un hombre mayor en silla de ruedas y su cuidadora (una mujer peruana de unos cuarenta años) y surgió un intercambio espontáneo. En minutos, la cuidadora compartió algo que, aunque frecuente, nunca deja de interpelar: estaba sin papeles, trabajaba prácticamente todo el día por 900 euros al mes. Era cocinera de profesión, pero la vida la había llevado a cuidar a personas mayores en España, como tantas otras mujeres migrantes que sostienen silenciosamente el sistema de cuidados.
La conversación derivó en la reciente aprobación gubernamental que abre la puerta a regularizar la situación de personas sin "papeles". Una medida que toca fibras sensibles: la dignidad laboral, la sostenibilidad del sistema de cuidados, la integración social y la percepción pública sobre la migración.
Una realidad que interpela a todos
La historia no es excepcional. Miles de personas trabajan en condiciones precarias, muchas veces sin contrato, sin derechos laborales y sin la protección mínima que cualquier empleo debería garantizar. Sin embargo, sin ellas, gran parte del sistema no funcionaría.
La paradoja es evidente: quienes sostienen uno de los pilares más frágiles y necesarios de nuestra sociedad son, a menudo, quienes menos protección reciben.
La medida y el debate que abre
La posibilidad de regularizar a quienes llevan años viviendo en España plantea preguntas profundas que merecen reflexión serena:
- ¿Cómo equilibrar la necesidad de garantizar derechos laborales con la gestión ordenada de la migración?
- ¿Qué impacto tendría en el sistema de cuidados reconocer formalmente a quienes ya están trabajando en él de manera informal?
- ¿Cómo se articula la convivencia entre la realidad económica de muchas familias que contratan cuidados y la necesidad de dignificar esas condiciones laborales?
- ¿Qué significa, en términos sociales, reconocer la presencia de personas que ya forman parte de la comunidad aunque no figuren en los registros oficiales?
No se trata de apoyar ni criticar la medida, sino de comprender que detrás de cada decisión política hay vidas concretas, como la de la cuidadora. Personas que trabajan, que cuidan, que sostienen, que esperan una oportunidad para vivir.
Un espejo para la sociedad
El encuentro fue un recordatorio de que los debates sobre migración, cuidados y regularización no son abstractos. Tienen rostro, nombre, historia. Y quizá la pregunta más importante no sea si la medida es buena o mala, sino qué tipo de sociedad queremos construir en torno a quienes ya están aquí, contribuyendo de manera silenciosa pero imprescindible.