“Siento que la residencia es una cárcel… aunque sé que no lo es”
Tengo 83 años y la cabeza todavía me funciona mejor que las piernas.
Eso es lo que siempre digo cuando alguien me pregunta cómo estoy.
Pienso con claridad, recuerdo con nitidez, pero mi cuerpo ya no me acompaña. Y por eso estoy aquí, en esta residencia que algunos llaman “hogar”, aunque para mí no lo es.
Quien no lo ha vivido no puede entenderlo.
De tu casa tu refugio, tu historia, tu mundo a una habitación compartida y a un pasillo lleno de rutinas ajenas… nada te pertenece.
Ni el tiempo, ni los horarios, ni el silencio.
No estoy preso, pero lo siento así.
1. Sensación de estar “encerrado” en un cuerpo que ya no responde
La verdadera cárcel es mi cuerpo.
Antes caminaba, conducía, salía a comprar el pan.
Ahora necesito ayuda para levantarme, para ducharme, para llegar al comedor.
La dependencia es una forma de encierro que nadie te explica.
No duele como una herida, pero pesa como una cadena.
2. La residencia: un lugar seguro… que a veces se siente ajeno
Aquí me cuidan.
Me ayudan a moverme, me preguntan cómo he dormido.
Los profesionales hacen lo que pueden, y algunos incluso lo hacen con cariño.
Miro por la ventana y siento que estoy viendo el mundo desde detrás de un cristal.
La vida sigue ahí fuera… sin mí.
He pasado de protagonista a espectador.
3. La soledad que no se dice en voz alta
Mi familia me visita poco.
No los culpo: tienen sus vidas, sus trabajos, sus prisas.
Pasan semanas sin verlos, y me pregunto si formo parte de algo.
Digo que no quiero molestar, pero la verdad, me duele.
La soledad aquí no es ruido ni silencio: es la ausencia de alguien que te llame por tu nombre con la voz de siempre.
4. Los recuerdos como refugio
Cuando me siento así, cierro los ojos y vuelvo a mi casa.
A mi sillón junto a la ventana.
A los domingos con olor a café.
A las risas de mis hijos cuando eran pequeños.
A mi mujer cantando bajito mientras cocinaba.
Los recuerdos son lo único que nadie puede quitarme.
Son mi libertad cuando las piernas no me llevan a ninguna parte.
5. Lo que me sostiene: pequeños gestos que valen oro
- La auxiliar que me acomoda la manta sin que se lo pida.
- El fisioterapeuta que celebra cada pequeño avance.
- La enfermera que me pregunta por mis historias.
- El compañero de mesa que me espera para comer.
Gestos, tan simples, son los que me recuerdan que no estoy solo del todo.
Que todavía hay humanidad en este lugar que a veces siento como cárcel.
Nostalgia y esperanza
Nunca volveré a mi casa.
Aceptarlo es un duelo silencioso que hago cada mañana.
La vida no se acaba mientras uno siga sintiendo, recordando, agradeciendo.
Es el lugar donde vivo ahora, con mis limitaciones, mis nostalgias y mis pequeñas alegrías.
Y mientras tenga memoria, mientras pueda contar mis historias, mientras alguien me escuche…
... seguiré siendo yo.
Tengo 83 años y la cabeza todavía me funciona mejor que las piernas.
Eso es lo que siempre digo cuando alguien me pregunta cómo estoy.
Pienso con claridad, recuerdo con nitidez, pero mi cuerpo ya no me acompaña. Y por eso estoy aquí, en esta residencia que algunos llaman “hogar”, aunque para mí no lo es.
Quien no lo ha vivido no puede entenderlo.
De tu casa tu refugio, tu historia, tu mundo a una habitación compartida y a un pasillo lleno de rutinas ajenas… nada te pertenece.
Ni el tiempo, ni los horarios, ni el silencio.
No estoy preso, pero lo siento así.
1. Sensación de estar “encerrado” en un cuerpo que ya no responde
La verdadera cárcel es mi cuerpo.
Antes caminaba, conducía, salía a comprar el pan.
Ahora necesito ayuda para levantarme, para ducharme, para llegar al comedor.
La dependencia es una forma de encierro que nadie te explica.
No duele como una herida, pero pesa como una cadena.
2. La residencia: un lugar seguro… que a veces se siente ajeno
Aquí me cuidan.
Me ayudan a moverme, me preguntan cómo he dormido.
Los profesionales hacen lo que pueden, y algunos incluso lo hacen con cariño.
Miro por la ventana y siento que estoy viendo el mundo desde detrás de un cristal.
La vida sigue ahí fuera… sin mí.
He pasado de protagonista a espectador.
3. La soledad que no se dice en voz alta
Mi familia me visita poco.
No los culpo: tienen sus vidas, sus trabajos, sus prisas.
Pasan semanas sin verlos, y me pregunto si formo parte de algo.
Digo que no quiero molestar, pero la verdad, me duele.
La soledad aquí no es ruido ni silencio: es la ausencia de alguien que te llame por tu nombre con la voz de siempre.
4. Los recuerdos como refugio
Cuando me siento así, cierro los ojos y vuelvo a mi casa.
A mi sillón junto a la ventana.
A los domingos con olor a café.
A las risas de mis hijos cuando eran pequeños.
A mi mujer cantando bajito mientras cocinaba.
Los recuerdos son lo único que nadie puede quitarme.
Son mi libertad cuando las piernas no me llevan a ninguna parte.
5. Lo que me sostiene: pequeños gestos que valen oro
- La auxiliar que me acomoda la manta sin que se lo pida.
- El fisioterapeuta que celebra cada pequeño avance.
- La enfermera que me pregunta por mis historias.
- El compañero de mesa que me espera para comer.
Gestos, tan simples, son los que me recuerdan que no estoy solo del todo.
Que todavía hay humanidad en este lugar que a veces siento como cárcel.
Nostalgia y esperanza
Nunca volveré a mi casa.
Aceptarlo es un duelo silencioso que hago cada mañana.
La vida no se acaba mientras uno siga sintiendo, recordando, agradeciendo.
Es el lugar donde vivo ahora, con mis limitaciones, mis nostalgias y mis pequeñas alegrías.
Y mientras tenga memoria, mientras pueda contar mis historias, mientras alguien me escuche…
... seguiré siendo yo.
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