En el debate sobre los costes de permanecer en el domicilio frente al ingreso en una residencia,
a menudo aparece un argumento que, lejos de ayudar al sector, lo hunde un poco más en el descrédito: la idea de que “no hay tanta diferencia económica” porque siempre existe la opción de una persona interna 24/7 que, a cambio de una habitación, manutención y un salario reducido, cubra todas las necesidades de un mayor.
Este tipo de planteamientos (especialmente cuando proceden de profesionales o directivos del propio sector) no solo distorsionan la realidad económica del cuidado, sino que perpetúan un modelo que se sostiene sobre la precariedad de quienes cuidan y la vulnerabilidad de quienes necesitan ser cuidados.
Porque seamos claros:
Un servicio 24/7 no puede sostenerse éticamente sobre una única persona aunque fuese de lunes a viernes.
Ni desde la salud laboral, ni desde la calidad asistencial, ni desde la dignidad profesional. Presentarlo como “solución ideal” es ignorar deliberadamente los riesgos físicos, emocionales y legales que implica.
Además, cuando se afirma que “el coste seria menor al de una residencia”, se omite algo esencial: ese cálculo solo es posible si la persona cuidadora trabaja jornadas imposibles, sin descansos reales, sin turnos regulados y sin un salario acorde a la responsabilidad que asume. Es decir, si aceptamos como normal un modelo que ninguna otra profesión toleraría.
Y aquí está el verdadero problema:
Mientras sigamos justificando estas prácticas como alternativas válidas, el sector no podrá avanzar hacia la profesionalización, la calidad y el reconocimiento social que tanto necesita.
En otros países de la UE existe el perfil de "cuidadora interna" pero con unas condiciones laborales de descansos y económicas.
El cuidado domiciliario es un recurso valioso, imprescindible y profundamente humano. Pero para que sea sostenible debe basarse en equipos, en descansos, en formación, en supervisión y en condiciones laborales dignas. No en “internas todoterreno” que cargan solas con la vida de una familia entera.
El desprestigio del sector no viene de las residencias ni de los servicios públicos ni de los profesionales.
Viene de normalizar lo inaceptable.
Viene de presentar como “opción razonable” lo que, en realidad, es una forma de explotación suavizada por el lenguaje.
Si queremos un sector fuerte, respetado y capaz de atraer talento, debemos dejar de romantizar soluciones baratas que se sostienen sobre la espalda de quienes cuidan.
La dignidad (de la persona atendida y de la persona que cuida) no puede ser nunca la variable de ajuste.

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