Un patinete eléctrico circulaba a gran velocidad por la acera. Pasó tan cerca de Luis que estuvo a punto de golpearle la mano. Ante la protesta lógica, la respuesta fue la huida acelerada. Ni una disculpa, ni una mirada atrás.
Lo inquietante es que ya casi nadie se sorprende.
Patinetes, bicicletas con adultos circulando por espacios reservados para peatones forman parte del paisaje urbano habitual. Las aceras han dejado de ser lugares de tránsito seguro para convertirse en espacios de incertidumbre donde cualquier esquina, paso de peatones o salida de portal puede esconder un vehículo en movimiento.
Parece que hemos asumido una extraña normalidad: quien va más rápido tiene más derechos que quien va caminando.
La tecnología y la movilidad sostenible son avances positivos. Nadie discute que bicicletas y vehículos de movilidad personal forman parte del futuro de nuestras ciudades. El problema aparece cuando la comodidad de unos se convierte en el riesgo de otros.
Las personas mayores, los niños, quienes tienen movilidad reducida o simplemente quienes pasean con tranquilidad son los principales perjudicados. Para ellos, una colisión que para otros sería una anécdota puede significar una lesión grave, una fractura o el miedo permanente a volver a caminar por determinados lugares.
Resulta paradójico que se inviertan millones en accesibilidad, ciudades amigables y seguridad urbana mientras se toleran comportamientos que vacían de contenido esos mismos principios.
A veces da la sensación de estar dentro de una versión moderna de La Ciudad sin Ley. No porque falten normas, sino porque con demasiada frecuencia faltan respeto, control y consecuencias para quienes las incumplen.
Una ciudad verdaderamente avanzada no es la que permite desplazarse más rápido. Es la que protege mejor a quienes caminan más despacio.
Y quizá haya llegado el momento de recordar algo tan sencillo como olvidado: las aceras son para las personas. No para las prisas. No para la impunidad. No para convertir el paseo cotidiano en un ejercicio de supervivencia.
Porque cuando un peatón deja de sentirse seguro en la acera, la ciudad ha empezado a perder su humanidad.

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