Hace unos días, El Abuelo Infiltrado lanzaba una reflexión incómoda: “Los empleados saben más de lo que dicen”. La frase, provocadora y certera, ha generado respuestas. Una de ellas, la de un director de residencia, merece ser escuchada con atención.
Su testimonio no es una queja, es una radiografía. Habla de la falta de canales para expresar lo que ocurre en el día a día, de la ausencia de respuesta cuando se intenta hacerlo, y de una negación sistemática que convierte cualquier intento de mejora en papel mojado. La economía de guerra en la que se trabaja (recortes hasta lo absurdo) impide que lo expresado se traduzca en acción. Se exige lo imposible: lograr el máximo con el mínimo, hacer magia con recursos escasos y tiempos imposibles. Y cuando no se logra, llegan los correos en mayúsculas y las videollamadas grupales donde se reprende al personal.
Pero lo más grave no es la presión, sino el aislamiento. Los mandos intermedios actúan como filtros que impiden que la realidad llegue a quienes podrían cambiarla. Así, los directores generales creen que todo funciona, mientras las direcciones de centro se ahogan en burocracia, los equipos están saturados y nadie tiene espacio para pensar, proponer o mejorar.
Este director lo ilustra con una anécdota reveladora: fue reprendido por comprar unos litros de lejía para salir del paso mientras llegaba el pedido oficial. “Nosotros no lavamos con lejía”, le dijeron. Pero la etiqueta del proveedor decía otra cosa: Hipoclorito de Sodio y Sosa Cáustica. Lejía y Sosa. La contradicción entre discurso y realidad es constante.
Este relato no desmiente al Abuelo Infiltrado. Lo complementa. Los empleados saben, sí. Pero también callan porque el sistema no escucha. Porque hablar tiene consecuencias. Porque la información no fluye, se estanca. Y en ese estancamiento, se pierde la oportunidad de mejorar.
Escuchar no es solo abrir canales. Es garantizar que lo que se dice no se convierta en motivo de sanción, sino en motor de cambio. Y eso, en nuestro sector, sigue siendo una deuda pendiente.
Pero lo más grave no es la presión, sino el aislamiento. Los mandos intermedios actúan como filtros que impiden que la realidad llegue a quienes podrían cambiarla. Así, los directores generales creen que todo funciona, mientras las direcciones de centro se ahogan en burocracia, los equipos están saturados y nadie tiene espacio para pensar, proponer o mejorar.
Este director lo ilustra con una anécdota reveladora: fue reprendido por comprar unos litros de lejía para salir del paso mientras llegaba el pedido oficial. “Nosotros no lavamos con lejía”, le dijeron. Pero la etiqueta del proveedor decía otra cosa: Hipoclorito de Sodio y Sosa Cáustica. Lejía y Sosa. La contradicción entre discurso y realidad es constante.
Este relato no desmiente al Abuelo Infiltrado. Lo complementa. Los empleados saben, sí. Pero también callan porque el sistema no escucha. Porque hablar tiene consecuencias. Porque la información no fluye, se estanca. Y en ese estancamiento, se pierde la oportunidad de mejorar.
Escuchar no es solo abrir canales. Es garantizar que lo que se dice no se convierta en motivo de sanción, sino en motor de cambio. Y eso, en nuestro sector, sigue siendo una deuda pendiente.
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