En los pasillos de la Residencia se escucha el murmullo de las empleadas por las quejas de la coordinadora en que los registros no están actualizados, que la inspección les va a poner una sanción y que la prioridad es rellenar los formularios en la aplicación informática.
En España llevamos años escuchando que el gran paradigma del sector social y sociosanitario es la Atención Centrada en la Persona (ACP). Se repite en congresos, planes estratégicos, formaciones y discursos institucionales. Sin embargo, en el día a día de muchos centros, la realidad es otra: la prioridad no es la ACP, es la ACI: Atención Centrada en la Inspección.
Porque cuando la normativa autonómica se convierte en un laberinto de requisitos formales, cuando la inspección evalúa más el papel que la práctica, y cuando los equipos directivos viven pendientes de auditorías más que de proyectos de vida, el modelo se desvirtúa. No por falta de voluntad profesional, sino por un sistema que premia el cumplimiento documental por encima del acompañamiento significativo.
La ACP exige tiempo, autonomía profesional, flexibilidad y capacidad de adaptación a cada persona. La ACI, en cambio, exige checklists, evidencias impresas y procesos estandarizados que, paradójicamente, empujan a tratar a todas las personas igual… justo lo contrario de lo que la ACP propone.
Si queremos un cambio real, necesitamos que las Consejerías y los modelos de inspección evolucionen. Que midan impacto, no solo registros. Que valoren la calidad de vida, no solo la calidad del archivo. Que entiendan que la verdadera trazabilidad de la atención está en la experiencia de la persona, no en la carpeta del despacho.
La ACP no puede florecer en un ecosistema diseñado para la ACI. Y mientras no lo reconozcamos, seguiremos hablando de un modelo que, sobre el terreno, no siempre nos dejan aplicar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario