Me infiltré en los pasillos digitales del LinkedIn geriátrico. Esta vez no fue una noticia, ni un estudio, ni una campaña institucional. Fue un comentario. Un comentario largo, honesto, sin maquillaje. Lo escribió un director de residencia, de esos que no hablan desde el despacho sino desde la cocina, el comedor y el cuadrante de turnos. Y lo que dijo, amigos, merece ser leído con lupa.
Hablaba de las residencias centradas en la persona. De las unidades de convivencia, de los menús individuales, de las actividades adaptadas. Todo eso que suena tan bonito en los folletos y en los congresos. Pero que, en la práctica, exige más personal. Más tiempo. Más dinero. Y ahí empieza el drama.
Con dos personas en cocina (o una sola, como ocurre en demasiados centros) no hay tiempo para menús personalizados. Hay tiempo para un menú único. Con ratios ajustados, no hay espacio para actividades individuales. Hay una actividad, y quien no pueda hacerla… que no la haga. Así de crudo.
¿Y quién paga la diferencia? ¿La administración?
No. Los convenios suben el IPC con meses de retraso, si es que suben.
¿Las familias? Si subes el precio, te sales del mercado.
¿La empresa? Tiene que mantener márgenes, o cerrar.
Y entonces el director lanza otra bomba: las residencias de menos de 100 plazas, fuera de Navarra, Euskadi o Cataluña, no son rentables. En Castilla y León, por ejemplo, los convenios van de 1400 € a 1700 €, y con bajas del 25 % y los precios de gasoil, gas y alimentación disparados, no hay forma de cuadrar las cuentas.
Así que el modelo centrado en la persona, ese que todos decimos defender, se convierte en papel mojado si no se financia. No basta con buenas intenciones. Hace falta músculo económico, reconocimiento profesional y una reforma estructural que deje de castigar a los centros pequeños, a los equipos agotados y a los mayores que no caben en el molde del “usuario estándar”.
Desde mi rincón infiltrado, lo digo claro: si queremos residencias dignas, hay que pagar por ellas. Y hay que entender que lo invisible (el menú adaptado, la actividad individual, el tiempo para escuchar) cuesta. Pero vale la pena.

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