Hoy el Abuelo y Juan han vuelto a su ritual: café, conversación y esa mezcla de lucidez y sorna cuando uno observa el mundo desde la distancia justa.
Hoy se han encontrado con una antigua gerocultora de la residencia. Una profesional competente, curtida, que habla sin adornos porque ya no le quedan energías para edulcorar la realidad.
Lo que ha contado no es una anécdota: es un síntoma.
—Abuelo, Juan… no hay empleadas. No quieren venir. Y las que vienen, duran poco.
La frase cae como un bloque de hormigón. No es nueva, pero cada vez pesa más.
Contratos temporales como norma
La gerocultora explica que ha pasado por dos residencias después de la nuestra. En ambas, el mismo patrón: contratos temporales encadenados, sin estabilidad, sin proyecto, sin reconocimiento. Un sistema que convierte a las trabajadoras en piezas intercambiables, siempre en modo supervivencia.
En Madrid.
En pleno 2026.
En un sector que sostiene la vida de miles de personas.
Hacer de todo… literalmente
Lo que viene después es aún más revelador:
—En la que estoy ahora, nos dicen que vayamos a la cocina. O a limpiar. O a lo que toque ese día.
La polivalencia forzada se ha convertido en la herramienta para tapar agujeros estructurales. No es colaboración: es precariedad. Y cuando una gerocultora tiene que elegir entre atender a un residente o fregar un suelo, el sistema ya ha fallado antes de que ella tome la decisión.
Ratios imposibles y compañeras agotadas
La conversación se vuelve más cruda:
—Con el número de residentes que nos asignan, es difícil hacer bien las cosas. Y encima hay compañeras sin ganas, quemadas, desmotivadas. Es un cóctel que va a explotar por algún lado.Y el Abuelo lo resume con una frase:
—Cuando las condiciones son malas, no es que falte vocación. Es que falta aire.
El problema no es la gente: es el modelo
Lo que esta gerocultora describe no es un fallo puntual. Es la consecuencia directa de un modelo que exprime a las profesionales mientras exige excelencia en la atención. Un modelo que pide humanidad, pero ofrece temporalidad. Que reclama compromiso, pero entrega sobrecarga. Que presume de cuidados, pero invisibiliza a quienes los sostienen.
Y así, Madrid (la capital, la referencia, el escaparate) se encuentra con residencias donde el personal rota, se quema, se marcha… y donde quienes se quedan lo hacen por pura resistencia.
La reflexión del Abuelo
Antes de despedirse deja caer una frase:
—Si seguimos tratando a las gerocultoras como si fueran reemplazables, un día descubriremos que lo que era reemplazable era el modelo entero. Porque la calidad de los cuidados no depende de discursos, ni de auditorías, ni de campañas institucionales. Depende de personas que puedan trabajar con dignidad, estabilidad y tiempo suficiente para cuidar de verdad.Y hoy, en la cafetería de siempre, ha quedado claro que ese equilibrio está peligrosamente roto.

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