Hoy Luis ha vuelto a encender la chispa.
En el desayuno, mientras el Abuelo untaba mantequilla con esa precisión de relojero jubilado, Luis lanzó una idea que dejó la mesa en silencio:
“Las actividades de los centros de mayores deberían parecerse más a la vida… y menos a un catálogo de terapias.
”El Abuelo levantó la vista, sonrió y confesó algo que todos sabíamos pero nadie decía:
“Mira, Luis… yo prefiero escuchar a los Bee Gees antes que lo que ponen en musicoterapia.
”Y ahí empezó el debate.Porque lo que Luis planteaba no era solo música.
Era experiencia, memoria, identidad.
Era esa conexión que aparece cuando suena una canción que te acompañó en un verano, en un viaje, en un amor, en una pérdida, en una noche que aún recuerdas como si fuera ayer.
Luis lo explicó con claridad:
La música no es un ejercicio terapéutico.
Es un puente.
Un catalizador que une generaciones, que despierta recuerdos, que te devuelve a la vida social, que te hace sentir parte de algo.Y añadió, con esa ironía suya:
“Si queremos que los mayores se activen, pongámosles lo que escuchaban cuando estaban más vivos.
”El Abuelo asintió.
Recordó las tertulias de los años 70, los debates en el bar, las actividades grupales donde se hablaba de política, de cine, de discos prohibidos, de lo que pasaba en el mundo.
Recordó que participar era sentirse útil.
Sentirse dentro.
Sentirse persona.Y entonces soltó la frase del día:
“Lo que nos hace bien no es que nos entretengan… es que nos incluyan.
”Quizá ese sea el verdadero reto de los centros de mayores:
No llenar agendas, sino llenar vidas.
No programar actividades, sino activar biografías.
No infantilizar, sino reconectar con lo vivido.
Porque cuando suena Stayin’ Alive, el Abuelo no solo escucha música.
Escucha su historia.
Escucha su juventud.
Escucha a quienes ya no están.
Escucha la vida que sigue.
Y eso (eso sí) es musicoterapia.

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