El calor cae sobre la residencia como una manta húmeda. Son las cuatro de la tarde y el pasillo parece una sauna finlandesa con pretensiones. El aire acondicionado ha decidido cogerse vacaciones sin avisar, y el técnico promete venir “en un rato”, esa unidad de tiempo que en agosto puede significar cualquier cosa entre veinte minutos y dos eras geológicas.
El Abuelo aparece con su gorra ladeada y un abanico de propaganda política del año 92.
—Esto no es calor (dice). Esto es un experimento social para ver cuánto aguantamos sin derretirnos.
Luis, que ya lleva tres camisetas sudadas hoy, no está para ironías.
—Abuelo, por favor, no empiece.
—¿Empiece qué? Si yo ya estoy en modo postre flan. Mírame, tiemblo y todo.
Juan llega con una caja llena de abanicos de cartón que ha encontrado en el almacén.
—Operación Abanico. Repartimos y organizamos turnos de sombra en el patio.
—¿Turnos de sombra? pregunta Luis.
—Sí. Como en la playa, pero sin playa. Y sin sombra suficiente. Pero con ilusión.
En el salón, los residentes intentan dormir la siesta. Algunos lo consiguen. Otros se rinden. Una señora protesta porque el calor le ha borrado el sueño “como si fuera una pizarra”. Otro pide que alguien le abanique “aunque sea con un manual de instrucciones”.
El Abuelo, viendo el caos, decide tomar el mando.
—A ver, tropa. Si no podemos dormir, al menos hagamos algo útil.
—¿Como qué? pregunta Luis, resignado.
—Como recordar que en el verano del 72 dormíamos la siesta en la azotea, con una sábana mojada y un transistor. Y nadie se quejaba.
—Porque no había 40 grados, responde Juan.
—Detalles, Juan. Detalles.
Finalmente, el técnico aparece. Entra sudando, como si viniera de cruzar el desierto.
—Vengo del edificio de al lado. Tenían el mismo problema.
—¿Y lo ha arreglado? pregunta Luis.
—No. Pero he tomado nota.
El Abuelo lo mira con una mezcla de compasión y sarcasmo.
—Hijo, si quieres te abanico mientras piensas. Igual así se te ilumina la bombilla.
Tras veinte minutos de ruidos metálicos y un par de suspiros dramáticos, el aire vuelve a funcionar. Un soplo fresco recorre el pasillo como una bendición laica. Los residentes aplauden. Luis casi llora. Juan levanta los brazos como si hubiera marcado un gol. El Abuelo, en cambio, se cruza de brazos.
—Muy bien. Ahora sí podemos dormir la siesta.
—¿Usted también? pregunta Luis.
—No, yo no. Yo voy a escribir una queja formal. Pero primero… un café. Que con este calor, uno tiene que mantenerse lúcido. Y así empieza agosto: con calor, humor y una pequeña victoria colectiva.
Una siesta imposible que, al final, se convierte en una historia más para contar mañana.
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