—Dicen que la inteligencia artificial lo va a cambiar todo comentó el Abuelo.
Esteban sonrió y respondió:
—Yo creo que eso es solo el principio. La verdadera revolución llegará cuando seamos capaces de conectar directamente nuestro cerebro a un chip.
La afirmación provocó unos segundos de silencio. No porque pareciera imposible, sino porque, por primera vez, sonaba plausible.
A lo largo de la historia, cada gran salto tecnológico ha ampliado nuestras capacidades. La rueda multiplicó nuestra movilidad. La imprenta extendió el conocimiento. Internet conectó a miles de millones de personas. La inteligencia artificial está ampliando nuestra capacidad para procesar información.
Pero ¿qué ocurrirá cuando desaparezca la barrera entre nuestra mente y la tecnología?
Los primeros avances ya están en marcha. Existen proyectos que permiten a personas con determinadas discapacidades controlar dispositivos mediante señales cerebrales. Lo que hoy tiene aplicaciones médicas podría convertirse mañana en una nueva forma de interacción entre seres humanos y máquinas.
Imaginemos por un momento poder acceder a información sin necesidad de escribir una búsqueda. Aprender un idioma a una velocidad desconocida hasta ahora. Comunicarnos mediante pensamientos o interactuar con sistemas inteligentes de forma instantánea.
Las posibilidades son inmensas, pero también lo son los interrogantes.
¿Quién controlará esos sistemas? ¿Cómo se protegerá la privacidad de nuestros pensamientos? ¿Existirán diferencias entre quienes puedan acceder a esta tecnología y quienes no? ¿Seguirá siendo la experiencia humana la misma cuando una parte de nuestra inteligencia esté conectada permanentemente a sistemas digitales?
Mientras caminaban, los dos abuelos coincidieron en algo. La cuestión no es si la tecnología seguirá avanzando. Lo hará. La verdadera pregunta es si nuestra capacidad para reflexionar sobre sus consecuencias avanzará al mismo ritmo.
Al despedirse, Esteban lanzó una última reflexión:
—Quizás nuestros nietos vean los teléfonos móviles como nosotros vemos hoy las cabinas telefónicas. Una tecnología útil para su tiempo, pero superada por algo mucho más integrado en la vida cotidiana.
Tal vez tenga razón. Quizás la próxima gran revolución no consista en llevar un ordenador en el bolsillo, sino en llevarlo conectado a nuestra propia mente.
Y, como tantas veces ocurre en las conversaciones de los abuelos, una idea aparentemente futurista terminó dejando una pregunta abierta para todos: ¿estamos preparados para el día en que la tecnología deje de ser una herramienta externa y pase a formar parte de nosotros mismos?

No hay comentarios:
Publicar un comentario