El desayuno de hoy ha tenido banda sonora. Luis llegó con un artículo de Barbara Rey Actis bajo el brazo, hablando de cómo la música es un puente invisible entre las personas. Y bastó mencionarlo para que, como un acorde bien colocado, todos empezáramos a recordar.
De pronto, el salón se llenó de nombres que parecían dormidos en algún cajón de juventud: Joaquín Luqui y su voz inconfundible en Los 40 Principales; Ángel Álvarez con Vuelo 605, ese programa que nos hacía sentir que el mundo era más grande que nuestro barrio; aquellos discos “prohibidos” que escuchábamos bajito, como si la libertad tuviera que entrar de puntillas.
Luis, con su humor habitual, nos dijo que la verdadera musicoterapia de verano no son las melodías suaves de siempre, sino poner a sonar Pink Floyd, Alan Parsons Project, Jimi Hendrix o The Who. Y tenía razón: en cuanto lo dijo, el ambiente cambió.
El verano tiene esa magia: basta una canción para que el aire se vuelva más ligero.
En la residencia, el calor aprieta, pero la música abre ventanas invisibles. Un solo de guitarra nos devuelve la sensación de estar en un festival improvisado; un riff nos recuerda que alguna vez fuimos jóvenes, rebeldes, curiosos, capaces de emocionarnos con tres acordes y una historia.
La música no solo refresca: reactiva.
Hace que las conversaciones fluyan, que las risas aparezcan, que los recuerdos se ordenen solos.
Hoy, mientras hablábamos de aquellos programas de radio que nos conectaban con el mundo, entendimos algo sencillo: la música sigue siendo el catalizador del verano. No importa la edad, el lugar o la temperatura. Importa que, cuando suena, nos reúne.
Quizá esa sea la verdadera musicoterapia:
No solo escuchar, sino volver a sentir.
Volver a ser parte de algo compartido.
Volver a ser nosotros.
El desayuno de hoy ha tenido banda sonora. Luis llegó con un artículo de Barbara Rey Actis bajo el brazo, hablando de cómo la música es un puente invisible entre las personas. Y bastó mencionarlo para que, como un acorde bien colocado, todos empezáramos a recordar.
De pronto, el salón se llenó de nombres que parecían dormidos en algún cajón de juventud: Joaquín Luqui y su voz inconfundible en Los 40 Principales; Ángel Álvarez con Vuelo 605, ese programa que nos hacía sentir que el mundo era más grande que nuestro barrio; aquellos discos “prohibidos” que escuchábamos bajito, como si la libertad tuviera que entrar de puntillas.
Luis, con su humor habitual, nos dijo que la verdadera musicoterapia de verano no son las melodías suaves de siempre, sino poner a sonar Pink Floyd, Alan Parsons Project, Jimi Hendrix o The Who. Y tenía razón: en cuanto lo dijo, el ambiente cambió.
El verano tiene esa magia: basta una canción para que el aire se vuelva más ligero.
En la residencia, el calor aprieta, pero la música abre ventanas invisibles. Un solo de guitarra nos devuelve la sensación de estar en un festival improvisado; un riff nos recuerda que alguna vez fuimos jóvenes, rebeldes, curiosos, capaces de emocionarnos con tres acordes y una historia.
La música no solo refresca: reactiva.
Hace que las conversaciones fluyan, que las risas aparezcan, que los recuerdos se ordenen solos.
Hoy, mientras hablábamos de aquellos programas de radio que nos conectaban con el mundo, entendimos algo sencillo: la música sigue siendo el catalizador del verano. No importa la edad, el lugar o la temperatura. Importa que, cuando suena, nos reúne.
Quizá esa sea la verdadera musicoterapia:
No solo escuchar, sino volver a sentir.
Volver a ser parte de algo compartido.
Volver a ser nosotros.

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