Hoy, en la cafetería de siempre, el Abuelo ha llegado con un té “de los incendios”.
Lo ha dicho así, sin dramatismos, como quien sabe que las cosas importantes se hablan sin elevar la voz.
Tiene familia en el campo, gente que trabaja la tierra de verdad, de manera industrial, con las manos y con la espalda. Y cuando él habla del campo, no teoriza: constata.
—El campo no se cuida —sentenció mientras removía el té—. Y cuando no se cuida, arde.
Las noticias de los incendios en la Comunidad de Madrid estan todavía calientes. Imágenes desoladoras, hectáreas perdidas, familias evacuadas, profesionales exhaustos. Y, sin embargo, lo que más quemaba era la sensación de déjà vu: otra vez lo mismo, otra vez demasiado tarde.
El Abuelo añadió algo que me dejó pensando todo el día:
—Este año que hacemos 40 años en Europa, Europa ha ido en contra del campo español.
No lo dijo como consigna política, sino como quien observa una incoherencia estructural: exigencias que no siempre entienden el territorio, normativas que no siempre escuchan a quienes viven de él, decisiones que a veces parecen tomadas desde despachos que nunca han pisado un barbecho.No es un análisis técnico; es una vivencia.
Y las vivencias, cuando vienen de quien ha visto décadas de cosechas, sequías, plagas y políticas cambiantes, merecen ser escuchadas.
Los incendios no son solo un fenómeno climático.
Son también el resultado de un abandono silencioso:
miles de hectáreas sin gestión, sin relevo generacional, sin incentivos reales, sin manos suficientes para mantener lo que antes cuidaban pueblos enteros.Cuando el campo se queda solo, el fuego encuentra camino.Y ahí es donde la conversación del Abuelo se vuelve urgente.
No podemos seguir tratando el campo como un decorado rural ni como un problema estacional.
Es infraestructura, economía, cultura, identidad y, sobre todo, protección.
Protección contra incendios, contra la despoblación, contra la pérdida de soberanía alimentaria.Quizá el té del Abuelo no era solo un comentario.
Quizá era un aviso:
si no cuidamos lo que nos sostiene, lo que nos sostiene terminará ardiendo.Y entonces ya no hablaremos de incendios, sino de consecuencias.

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