El reloj marca las tres y media. El turno de tarde debería haber empezado hace media hora, pero el pasillo sigue vacío. Luis mira el reloj, luego la puerta, luego el reloj otra vez, como si el tiempo pudiera darle una explicación.
—No llega, dice.
—¿Quién? pregunta el Abuelo, que ya está sentado en su sillón de observador oficial de la realidad.
—La auxiliar nueva. Tenía que estar aquí a las tres.
—Ah, el turno fantasma (responde el Abuelo con solemnidad). Aparece solo cuando uno ya ha perdido la esperanza.
Juan entra con una carpeta y una botella de agua medio caliente.
—El bus se ha averiado (informa). Media plantilla atrapada en la carretera.
Luis suspira.
—Perfecto. Agosto y milagros logísticos, la combinación ideal.
—No te quejes (dice el Abuelo). En mi época, si el bus se averiaba, lo empujábamos.
—¿Usted?
—Bueno, yo animaba desde la sombra. Pero el espíritu era colectivo.
El calor aprieta y el ritmo se ralentiza. Los residentes esperan la merienda, los ventiladores giran con desgana y el silencio se llena de murmullos. Luis improvisa: reparte zumos, cambia pañuelos, sonríe más de lo habitual.
—Esto es como bailar con una sola pierna (dice mientras acomoda una silla).
—Pero bailas, responde el Abuelo. Y eso ya es heroico.
Juan propone reorganizar tareas: “cada uno hace lo que puede”. El Abuelo levanta la mano.
—Yo puedo supervisar desde aquí.
—¿Supervisar qué?
—El ánimo. Que no decaiga.
Luis ríe, agotado.
—Si cobráramos por eso, usted sería millonario.
A las cuatro y cuarto, la auxiliar aparece, sudada, disculpándose.
—El bus… el tráfico… el calor…
Luis la interrumpe con una sonrisa cansada.
—Tranquila. Ya hemos sobrevivido.
El Abuelo la observa y sentencia:
—Bienvenida al club de los que llegan tarde pero con dignidad.
La residencia recupera su ritmo. El aire parece más ligero, aunque el calor siga igual. Luis se sienta un momento junto al Abuelo.
—¿Sabe qué es lo peor del verano?
—Que todo se derrite, incluso la paciencia.
—Y lo mejor?
—Que siempre hay alguien que llega, aunque sea tarde.
El turno fantasma se materializa, y con él, la certeza de que en agosto, la rutina es una prueba de resistencia y humor.
El Abuelo sonríe, levanta su abanico y concluye:
—La vida, hijo, es eso: llegar tarde, pero llegar.
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