Crónica de verano de elabueloinfiltrado La expedición del eclipse

La residencia amaneció con un rumor eléctrico:

—Hoy habrá un eclipse total, anunció Luis, agitando una caja llena de gafas homologadas como si fueran entradas para un concierto.
El Abuelo, con su gorra “VOTA ’92”, levantó una ceja.
—Un eclipse en agosto… Esto sí que es programación de calidad.
Juan apareció con su libreta, emocionado.
—He preparado un plan de observación. Coordenadas, horarios, ángulos…
—Perfecto (respondió el Abuelo). Y yo he preparado mi plan: sentarme y mirar.

A media mañana, el jardín se transformó en un pequeño observatorio. Sillas alineadas, botellas de agua, abanicos y un silencio expectante que solo se rompe cuando una residente pregunta:
—¿Y si se apaga todo?
El Abuelo sonríe.
—Pues encendemos las linternas, mujer. Que para eso las trajo Luis.
Cuando el cielo empieza a oscurecer, el ambiente cambia. El calor se suaviza, los pájaros callan y los residentes miran hacia arriba con una mezcla de respeto y curiosidad.
Luis reparte las gafas.
—Por favor, no miren sin esto.
—Hijo (dice el Abuelo), a mi edad lo único que me deslumbra es la factura de la luz
.El eclipse avanza. La luz se vuelve metálica, las sombras se afilan y un murmullo recorre el jardín.
—Parece magia, susurra una señora.
—Es ciencia, corrige Juan.
—Es verano (sentencia el Abuelo). Y el verano siempre tiene un truco guardado.
Cuando llega la totalidad, el silencio es absoluto.
Un círculo negro perfecto, rodeado de un halo blanco, cuelga sobre la residencia como un ojo cósmico.
Nadie respira.
Nadie se mueve.
Hasta que el Abuelo, con solemnidad, declara:
—Pues sí que han apagado el sol. A ver quién lo enciende ahora.Las risas rompen el hechizo.
Luis se seca una lágrima que no sabe si es emoción o sudor.
—Ha sido precioso.
—Ha sido un recordatorio (dice el Abuelo). De que incluso el sol necesita un descanso.
Cuando la luz vuelve, poco a poco, los residentes aplauden como si hubieran asistido a un estreno teatral.
Juan cierra su libreta.
—He anotado todo.
—Yo también (dice el Abuelo). En la memoria, que es donde se guardan las cosas importantes.
Mientras regresan al interior, el sol brilla de nuevo, pero algo ha cambiado:
el día parece más grande, el verano más amable y la residencia un poco más unida.

El Abuelo se ajusta la gorra y concluye:
—Hoy aprendimos que, cuando el mundo se oscurece, basta con mirar juntos para que vuelva la luz.

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