El calor aprieta y la piscina de la residencia se convierte en el epicentro de la vida social. Luis llega con una bolsa enorme llena de flotadores de colores.
—Hoy toca diversión acuática, anuncia.
El Abuelo lo observa desde la sombra, con su gorra “VOTA ’92” y una sonrisa escéptica.
—Eso no es diversión, hijo. Es una invasión de plástico.
Juan, siempre optimista, reparte los flotadores como si fueran diplomas.
—Uno por persona. Seguridad y alegría.
—Y estética dudosa (añade el Abuelo, mirando un flamenco rosa gigante que parece desafiar las leyes de la física).
Los residentes se lanzan al agua con entusiasmo. Hay risas, chapoteos y algún que otro susto menor. El Abuelo se acerca al borde, observa el caos y comenta:
—Esto parece una reunión de Naciones Unidas, pero en versión hinchable.
Luis intenta mantener el orden.
—¡No se suban de dos en el mismo flotador!
—¡Demasiado tarde! (grita una residente mientras navega en pareja sobre una piña amarilla).
Juan toma nota en su libreta: “Riesgo de colisión acuática: alto”.
El Abuelo, finalmente, se anima a entrar. Con solemnidad, se sube a un flotador en forma de donut y declara:
—Si voy a hundirme, que sea con dignidad y azúcar.
Luis ríe.
—Le queda bien, Abuelo.
—Claro (responde). La elegancia no se pierde, ni siquiera en el agua.
Al final de la tarde, la piscina parece un campo de batalla colorido. Los flotadores se amontonan, el sol cae, y el aire huele a cloro y verano.
El Abuelo sale del agua, se seca la barba y concluye:
—Hoy aprendimos que la felicidad también flota… aunque a veces haga ruido.
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