Crónica de verano de elabueloinfiltrado La república independiente de las toallas

El día empieza con un misterio territorial.

Luis entra en el patio con gesto de alarma.
—Tenemos un problema serio (anuncia). Las toallas… han ocupado el espacio.
El Abuelo, con su gorra “VOTA ’92”, lo mira con calma filosófica.
—Hijo, las toallas no ocupan. Reclaman soberanía.
Juan aparece con su libreta, preparado para documentar el conflicto.
—He contado doce toallas extendidas… y solo hay ocho residentes en el patio.
—Eso es porque algunas toallas representan a personas que aún no han llegado (explica el Abuelo). Son embajadoras.
El patio parece una playa improvisada:
toallas extendidas en sillas, en hamacas, en el suelo, en la sombra, en el sol, en lugares estratégicos y en lugares absurdos.
Una señora declara:
—He puesto dos por si acaso.
Otra añade:
—Yo he puesto una para mí y otra para mi bolso.
Luis se lleva la mano a la frente.
—Esto es ingobernable.
—Esto es democracia veraniega (corrige el Abuelo). Cada toalla vota por su espacio.

Para evitar un conflicto internacional, Juan propone un sistema:
—Asignación de territorios. Cada toalla debe tener un residente asociado.
Los residentes lo miran como si hubiera sugerido reescribir la Constitución.
Una señora pregunta:
—¿Y si quiero dos?
—Eso es afán expansionista (dice el Abuelo). Y en verano no se invade, se comparte.

Empieza la negociación.
Luis intenta reorganizar las toallas.
Una se resiste.
Otra se enreda.
Una tercera parece haberse fusionado con la hamaca.
—Estas toallas tienen voluntad propia —murmura Luis.
—Normal (dice el Abuelo). Llevan todo el verano absorbiendo emociones.

A media mañana, el patio se convierte en un mapa geopolítico:
toallas moviéndose, residentes reclamando sombra, otros defendiendo su “parcela histórica”.
Juan toma notas frenéticamente.
—Esto es fascinante. Se ha creado una república de microterritorios.
—Esto es agosto (dice el Abuelo). Y en agosto cada uno defiende su sombra como si fuera oro.
Finalmente, Luis propone un acuerdo de paz:
—Una toalla por persona. Y la sombra se comparte.
Los residentes aceptan.
El Abuelo sonríe.
—La convivencia es eso: saber cuándo doblar la toalla.
Al final del día, el patio queda ordenado.
Las toallas descansan, dobladas, como banderas después de una cumbre diplomática.
Los residentes disfrutan de la brisa.
Y el verano, por un momento, parece fácil.

El Abuelo se abanica con dignidad y concluye:
—Hoy aprendimos que, en verano, una toalla no es un trozo de tela. Es una declaración de intenciones.

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