Crónica de verano de elabueloinfiltrado El dilema del aire acondicionado

El termómetro marca 38 grados y el ambiente en la residencia está tan espeso que se podría cortar con cuchillo.

Luis, con gesto de desesperación, mira el mando del aire acondicionado como quien sostiene una reliquia.
—Si lo pongo a 22, se quejan de frío. Si lo dejo a 26, se quejan de calor.
El Abuelo levanta la vista desde su sillón y sentencia:
—La democracia climática no existe, hijo. Aquí gobierna el termostato.
Juan entra con su libreta de mantenimiento y tono conciliador.
—Propongo una votación.
—¿Otra? (responde el Abuelo). Ya votamos por el canal de televisión y acabamos viendo documentales de caracoles.
—Pero esto es importante (insiste Juan). El confort térmico es un derecho humano.
—Y una utopía (añade el Abuelo). En verano, nadie está cómodo, solo resignado.
Empieza la votación. Un grupo pide “aire fuerte”, otro “aire suave”, y una residente propone “aire con boleros”.
Luis suspira.
—Esto se me escapa de las manos.
—No te preocupes (dice el Abuelo). En política y en climatización, la clave es aparentar control.
Finalmente, el aire se enciende. Un murmullo recorre el salón: unos aplauden, otros se arropan con mantas.
El Abuelo observa el panorama y comenta:
—Perfecto. Ahora todos están igual de incómodos, pero por motivos distintos. Eso es justicia social.
Juan anota en su libreta: “Temperatura ideal: indefinida”.
Luis se deja caer en una silla.
—¿Y usted, Abuelo, cómo lo aguanta?
—Yo practico la neutralidad térmica (responde). Ni frío ni calor, solo filosofía.
El aire sigue girando, los abanicos descansan y la tarde se llena de un silencio satisfecho.

El Abuelo sonríe y concluye:
—La paz climática dura poco, pero mientras tanto… que corra el aire.

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