El día arranca con un sol tan brillante que parece que alguien lo ha pulido durante la noche.
Luis entra en el patio con una bolsa llena de botes de crema solar, todos distintos, todos sospechosamente pegajosos.
—Hoy toca protección total, anuncia. SPF 30, 50, 50+, resistente al agua, resistente a la vida.
El Abuelo, con su gorra “VOTA ’92”, lo mira con solemnidad.
—La crema solar no protege. Negocia con el sol.
Juan aparece con su libreta, preparado para registrar la operación como si fuera un experimento de laboratorio.
—He calculado que, si aplicamos la crema cada dos horas, reducimos el riesgo un 80%.
—Y si la aplicamos bien (dice el Abuelo), reducimos las quejas un 100%.Empieza la misión.
Luis reparte los botes.
Una señora pregunta:
—¿Esta es para piel sensible?
—Esa es para piel que protesta —responde el Abuelo.
Otra residente levanta un bote diminuto.
—¿Y este?
—Ese es para optimistas (dice él). No cubre nada, pero da esperanza.
A media mañana, el patio se convierte en un taller de embadurnamiento colectivo.
Luis explica la técnica:
—Hay que poner más de lo que parece.
Un señor protesta:
—Pero si ya parezco una croqueta rebozada.
—Mejor croqueta que gamba —responde el Abuelo.
Juan toma notas frenéticamente.
—He detectado tres estilos de aplicación:
El minimalista; una gota para todo el brazo.
El maximalista; medio bote por extremidad.
El artístico; dibujos abstractos que nunca llegan a extenderse.
El Abuelo asiente.
—El arte contemporáneo nació así.
Pero el verdadero conflicto surge cuando Luis anuncia:
—Hay que repetir la aplicación después de la piscina.
Una residente abre los ojos como platos.
—¿Otra vez?
—La crema es como el amor (dice el Abuelo). Si no se renueva, se pierde.
Finalmente, todos quedan protegidos, brillantes y ligeramente perfumados.
El patio huele a verano, a coco, a playa imaginaria.
Los residentes se acomodan bajo las sombrillas, orgullosos de su brillo protector.Luis suspira, satisfecho.
—Creo que hoy hemos vencido al sol.
—Hoy hemos pactado con él (corrige el Abuelo). Y hemos salido sin quemaduras.
Mientras cae la tarde, el aire se vuelve más suave y los botes de crema descansan como héroes cansados.
El Abuelo se abanica con calma y concluye:
—Hoy aprendimos que, en verano, la crema solar no es un producto. Es una filosofía de vida.
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