Crónica de verano de elabueloinfiltrado La diplomacia del abanico prestado

La mañana empieza con un fenómeno que solo puede ocurrir en pleno agosto:

faltan abanicos.
No todos, claro.
Solo los buenos.
Los que hacen aire de verdad.
Los que suenan como alas de ángel cansado.
Los que tienen historia.

Luis entra en el salón con gesto preocupado.
—Me han pedido ocho abanicos… y solo he encontrado tres.
El Abuelo, con su gorra “VOTA ’92”, lo mira con gravedad.
—Hijo, los abanicos no se pierden. Se exilian.

Juan aparece con su libreta, listo para investigar.
—He hecho un censo, dice. Hay más abanicos en circulación que residentes.
—Eso es porque algunos tienen doble nacionalidad (responde el Abuelo). Pertenecen a quien los necesita en cada momento.

Empieza la búsqueda.
Luis revisa cajones.
Juan inspecciona sillas, mesas y bolsos.
El Abuelo observa, como un sabio que ya ha visto demasiados veranos y demasiados abanicos fugitivos.
Una residente confiesa:
—Yo tengo dos, pero uno es de emergencia.
Otra añade:
—El mío lo presté… pero no recuerdo a quién.
Un señor declara:
—El mío se fue de excursión. No volverá igual.
Luis suspira.
—Necesitamos orden.
—Necesitamos diplomacia (corrige el Abuelo). Los abanicos son como los países: se prestan, pero no siempre regresan.
Para resolver el caos, Juan propone un sistema:
—Intercambio regulado. Si alguien necesita un abanico, lo pide. Si alguien lo presta, lo apunta.
Los residentes lo miran como si hubiera inventado la ONU.
Una señora pregunta:
—¿Y si no quiero devolverlo?
—Entonces es un préstamo emocional (dice el Abuelo). Y esos no se discuten.

A media mañana, el salón se convierte en un mercado de abanicos:
unos se intercambian por sonrisas, otros por favores, otros por pura supervivencia climática.
Luis intenta mantener el control.
—Por favor, que no haya tráfico ilegal de abanicos.
—El tráfico ilegal (dice el Abuelo) empieza cuando hace más de 35 grados.
Finalmente, se establece un equilibrio.
Cada residente tiene un abanico.
Cada abanico tiene un dueño… más o menos.
Y el aire empieza a moverse con ese sonido veraniego que lo llena todo:
fff-fff-fff-fff.Luis se deja caer en una silla.
—Creo que lo hemos conseguido.
—Lo hemos negociado (corrige el Abuelo). El verano no se organiza. Se pacta.
Mientras cae la tarde, los abanicos siguen moviéndose como un coro sincronizado.

El Abuelo se abanica con dignidad y concluye:
—Hoy aprendimos que, en verano, el abanico no es un objeto. Es un acuerdo social.

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