Luis aparece cargado con tres sombrillas nuevas, todavía envueltas en plástico.
—Hoy toca ampliar la sombra, anuncia, sudando ya antes de empezar.
El Abuelo, desde su silla, ajusta la gorra “VOTA ’92” y sentencia:
—La sombra no se amplía, hijo. La sombra se negocia.
Juan llega con su libreta, siempre dispuesto a registrar la vida cotidiana como si fuera un estudio sociológico.
—He calculado que, si colocamos las sombrillas en ángulo de 37 grados, cubrimos un 22% más de superficie.
—Perfecto (dice el Abuelo). Y si las pones a 90 grados, cubres a los altos.
Empieza la operación.
Luis abre la primera sombrilla y el viento, caprichoso, la gira como si fuera un molino rebelde.
—¡Quietaaaa! grita él, intentando domarla.
El Abuelo observa la escena con calma.
—Las sombrillas son como los gatos: hacen lo que quieren.
—He calculado que, si colocamos las sombrillas en ángulo de 37 grados, cubrimos un 22% más de superficie.
—Perfecto (dice el Abuelo). Y si las pones a 90 grados, cubres a los altos.
Empieza la operación.
Luis abre la primera sombrilla y el viento, caprichoso, la gira como si fuera un molino rebelde.
—¡Quietaaaa! grita él, intentando domarla.
El Abuelo observa la escena con calma.
—Las sombrillas son como los gatos: hacen lo que quieren.
Los residentes empiezan a acercarse, cada uno con su petición.
—A mí póngamela más baja, que me da en los ojos.
—A mí más alta, que me tapa la vista.
—A mí en medio, que quiero sombra compartida.
Luis respira hondo.
—Esto es peor que el aire acondicionado.
—Esto es política territorial (corrige el Abuelo). Y aquí cada uno quiere su parcela.
Juan, intentando ayudar, propone un sistema de turnos de sombra.
—Cada veinte minutos rotamos.
—¿Rotamos nosotros o rotan las sombrillas? —pregunta una señora.
—Ambas cosas, responde Juan, sin mucha convicción.
Finalmente, tras varios ajustes, inclinaciones y discusiones diplomáticas, las sombrillas quedan colocadas.
El patio se llena de pequeñas islas de sombra donde los residentes se acomodan con sus abanicos, sus libros y sus conversaciones de verano.
—A mí póngamela más baja, que me da en los ojos.
—A mí más alta, que me tapa la vista.
—A mí en medio, que quiero sombra compartida.
Luis respira hondo.
—Esto es peor que el aire acondicionado.
—Esto es política territorial (corrige el Abuelo). Y aquí cada uno quiere su parcela.
Juan, intentando ayudar, propone un sistema de turnos de sombra.
—Cada veinte minutos rotamos.
—¿Rotamos nosotros o rotan las sombrillas? —pregunta una señora.
—Ambas cosas, responde Juan, sin mucha convicción.
Finalmente, tras varios ajustes, inclinaciones y discusiones diplomáticas, las sombrillas quedan colocadas.
El patio se llena de pequeñas islas de sombra donde los residentes se acomodan con sus abanicos, sus libros y sus conversaciones de verano.
Luis se deja caer en una silla.
—No sabía que poner sombra fuera tan complicado.
El Abuelo sonríe.
—La sombra es un derecho fundamental. Y como todo derecho, hay que defenderlo.
Una brisa suave recorre el patio.
Las sombrillas dejan de pelear.
Los residentes suspiran aliviados.
El Abuelo cierra los ojos y concluye:
—Hoy aprendimos que, incluso en verano, la paz se construye… un centímetro de sombra cada vez.
—No sabía que poner sombra fuera tan complicado.
El Abuelo sonríe.
—La sombra es un derecho fundamental. Y como todo derecho, hay que defenderlo.
Una brisa suave recorre el patio.
Las sombrillas dejan de pelear.
Los residentes suspiran aliviados.
El Abuelo cierra los ojos y concluye:
—Hoy aprendimos que, incluso en verano, la paz se construye… un centímetro de sombra cada vez.
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