La residencia se prepara para un evento extraordinario: la lluvia de estrellas.
Luis aparece con una caja de linternas y mantas.
—Esta noche toca astronomía, anuncia.
El Abuelo, ajustándose la gorra “VOTA ’92”, responde:
—Astronomía no. Filosofía luminosa.
Juan llega con su libreta, emocionado.
—He leído que habrá más de cien estrellas fugaces por hora.
—Perfecto (dice el Abuelo). A ver si alguna cae cerca y nos ilumina el camino.
Al caer la noche, el jardín se transforma. Las luces se apagan, las sillas se alinean como en un cine al aire libre y los residentes se acomodan con mantas y abanicos.
Una señora pregunta:
—¿Y si no vemos ninguna?
El Abuelo sonríe.
—Entonces habremos visto la oscuridad, que también tiene su encanto.
La primera estrella cruza el cielo como un suspiro brillante.
—¡Ahí va una! grita Luis.
—Pide un deseo dice Juan.
El Abuelo niega con la cabeza.
—Los deseos no se piden. Se trabajan. Pero bueno… pedir no hace daño.
Pronto el cielo se llena de trazos luminosos. Algunos residentes aplauden, otros guardan silencio reverencial. Una señora asegura haber visto tres seguidas; otro dice que la suya era “la más larga del año”.
Luis ríe.
—Esto parece un concurso.
—Todo en verano es un concurso —responde el Abuelo—. Hasta la sombra compite con el sol.
En un momento de calma, Juan pregunta:
—¿Qué desea usted, Abuelo?
Él mira el cielo, pensativo.
—Que mañana tengamos otra noche como esta. Y que nadie se olvide de mirar hacia arriba de vez en cuando.
La última estrella cruza el cielo justo cuando el silencio se vuelve más profundo.
Los residentes empiezan a recoger, despacio, como si no quisieran romper la magia.
Luis apaga la última linterna.
—Ha sido precioso.
—Ha sido humano (corrige el Abuelo). Y lo humano siempre brilla más que cualquier estrella.
Mientras regresan al interior, el aire fresco de la noche acompaña los pasos.
El Abuelo se detiene un segundo, mira el cielo y concluye:
—Hoy aprendimos que, incluso en verano, la luz más importante es la que compartimos.
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