Crónica de verano de elabueloinfiltrado La guerra del ventilador

El ventilador del salón gira con la solemnidad de un juez cansado. Cada vuelta parece decidir el destino de los presentes: ¿a quién le toca el soplo de aire? ¿Quién quedará en el limbo del calor?

Luis, con su camiseta pegada al cuerpo, intenta mantener la paz.
—Por favor, no discutamos por el ventilador.
El Abuelo lo mira con ironía.
—Hijo, esto no es una discusión. Es una guerra civil climática.
Juan, siempre conciliador, propone un sistema rotatorio: quince minutos por persona.
—Como en la ducha del gimnasio, dice.
—¿Y quién controla el cronómetro?, pregunta el Abuelo.
—Yo.
—Entonces ya empezamos mal, responde, mientras se abanica con su inseparable “VOTA ’92”.El calor convierte el salón en un teatro de pequeñas tensiones. Una residente se queja porque el aire “no llega hasta su esquina”. Otro asegura que el ventilador “le da en la nuca y le cambia el carácter”. Luis intenta moverlo, pero el cable no llega.
—Esto es ingeniería emocional, dice, resignado.
—No, hijo (corrige el Abuelo). Esto es supervivencia.
Juan, agotado, propone abrir las ventanas.
—Así entra aire natural.
—Natural sí, pero caliente (responde el Abuelo). Es como invitar al enemigo a cenar.
Finalmente, Luis trae un segundo ventilador del despacho. Es pequeño, ruidoso y parece tener vida propia.
—No es gran cosa, pero ayuda.
El Abuelo lo observa girar con lentitud y sentencia:
—Esto no es un ventilador, es un filósofo. Sopla poco, pero piensa mucho.
El ambiente se relaja. Los residentes ríen, el aire se reparte, y por un momento el calor deja de ser protagonista.
Luis se sienta junto al Abuelo.
—¿Sabes? A veces pienso que el verano nos pone a prueba.
—Claro (dice el Abuelo). Nos quita capas, literal y figuradamente. Y ahí se ve quién mantiene la calma y quién se derrite.

La guerra del ventilador termina sin vencedores ni vencidos, solo con una tregua de aire compartido y un aprendizaje colectivo:
en agosto, la paz se negocia a 40 grados y con humor.

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