clink… clink… clink…
Luis aparece empujando un carrito lleno de materiales: juegos de mesa, botellas de agua, toallas, crema solar, un altavoz y algo que parece un flotador con forma de pato.
—Hoy toca actividad múltiple, anuncia. Y he traído todo lo necesario.
El Abuelo, con su gorra “VOTA ’92”, lo mira con sospecha.
—Cuando un carrito lleva demasiadas cosas, es que el plan no está claro.
Juan llega con su libreta, siempre dispuesto a poner orden en el caos.
—He diseñado un sistema de clasificación para los carritos, dice. Carrito de hidratación, carrito de ocio, carrito de emergencias…
—Y carrito de “por si acaso”, añade el Abuelo. Ese es el más importante.
En el patio, los residentes observan cómo Luis despliega su arsenal.
Una señora pregunta:
—¿Qué actividad toca?
Luis duda.
—Pues… depende. Tengo parchís, tengo música, tengo agua fría, tengo crema…
El Abuelo sonríe.
—Hijo, eso no es una actividad. Eso es una mudanza.
De pronto, aparece otro carrito. Esta vez empujado por una residente que ha decidido improvisar.
—Yo he traído mis cosas, dice orgullosa. Galletas, abanicos, revistas y un ventilador portátil.
Luis se queda paralizado.
—Pero… ¿cómo ha conseguido ese ventilador?
—Intercambio estratégico, responde ella. Dos galletas por un enchufe.
En cuestión de minutos, el patio se llena de carritos.
Cada residente trae el suyo:
uno con plantas, otro con refrescos, otro con manualidades, otro con un altavoz que solo reproduce pasodobles.
Juan toma notas frenéticamente.
—Esto es fascinante. Se ha generado un ecosistema autónomo.
—Esto es agosto (dice el Abuelo). Y en agosto cada uno se organiza como puede.
Luis intenta coordinar.
—A ver, por favor, formemos grupos.
—Los grupos se forman solos (responde el Abuelo). Igual que las nubes.
Y así ocurre.
El carrito de refrescos se junta con el de los abanicos.
El carrito de juegos se fusiona con el de revistas.
El carrito del ventilador portátil se convierte en el más popular.
Una señora declara:
—Este es el mejor día del verano.
—Normal (dice el Abuelo). Cuando cada uno aporta su carrito, la vida rueda mejor.
Al final de la tarde, el patio parece un pequeño mercado veraniego.
Risas, sombra, refrescos, música suave y un desfile de carritos aparcados como si fueran vehículos de lujo.
Luis suspira, agotado pero feliz.
—Creo que esto ha funcionado.
—Ha funcionado porque no lo has controlado —responde el Abuelo—. El verano es así: cuanto menos lo diriges, más se disfruta.
Mientras el sol baja, los carritos vuelven a los pasillos como soldados satisfechos.
El Abuelo se abanica con calma y concluye:
—Hoy aprendimos que, cuando cada uno trae lo suyo, el verano se convierte en una fiesta ambulante.
—Yo he traído mis cosas, dice orgullosa. Galletas, abanicos, revistas y un ventilador portátil.
Luis se queda paralizado.
—Pero… ¿cómo ha conseguido ese ventilador?
—Intercambio estratégico, responde ella. Dos galletas por un enchufe.
En cuestión de minutos, el patio se llena de carritos.
Cada residente trae el suyo:
uno con plantas, otro con refrescos, otro con manualidades, otro con un altavoz que solo reproduce pasodobles.
Juan toma notas frenéticamente.
—Esto es fascinante. Se ha generado un ecosistema autónomo.
—Esto es agosto (dice el Abuelo). Y en agosto cada uno se organiza como puede.
Luis intenta coordinar.
—A ver, por favor, formemos grupos.
—Los grupos se forman solos (responde el Abuelo). Igual que las nubes.
Y así ocurre.
El carrito de refrescos se junta con el de los abanicos.
El carrito de juegos se fusiona con el de revistas.
El carrito del ventilador portátil se convierte en el más popular.
Una señora declara:
—Este es el mejor día del verano.
—Normal (dice el Abuelo). Cuando cada uno aporta su carrito, la vida rueda mejor.
Al final de la tarde, el patio parece un pequeño mercado veraniego.
Risas, sombra, refrescos, música suave y un desfile de carritos aparcados como si fueran vehículos de lujo.
Luis suspira, agotado pero feliz.
—Creo que esto ha funcionado.
—Ha funcionado porque no lo has controlado —responde el Abuelo—. El verano es así: cuanto menos lo diriges, más se disfruta.
Mientras el sol baja, los carritos vuelven a los pasillos como soldados satisfechos.
El Abuelo se abanica con calma y concluye:
—Hoy aprendimos que, cuando cada uno trae lo suyo, el verano se convierte en una fiesta ambulante.
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