El día empieza con un sonido que solo el verano puede producir:
flap-flap-flap-flap.
Un desfile de chanclas avanza por el pasillo como si fueran tropas marchando hacia una misión secreta.
Luis aparece con una caja llena de chanclas nuevas.
—Han llegado las reposiciones, anuncia. Tallas, colores y modelos para todos.
El Abuelo, con su gorra “VOTA ’92”, lo mira con gravedad.
—Las chanclas no se reparten. Se eligen. Son una declaración de principios.
Juan llega con su libreta, preparado para documentar el fenómeno sociológico del día.
—He observado que las chanclas influyen en el estado de ánimo.
—Claro (responde el Abuelo). No es lo mismo llevar unas discretas que unas que hacen ruido de castañuelas.
En el patio, los residentes se reúnen alrededor de la mesa donde Luis ha colocado todos los modelos:
chanclas de colores chillones, con dibujos de frutas, con suela gruesa, con purpurina, con velcro, sin velcro…
Una señora examina unas verdes fosforito.
—¿Estas no serán demasiado modernas?
—Moderna es la actitud —dice el Abuelo.Empieza la selección.
Cada residente prueba, camina, escucha el sonido, evalúa la comodidad.
Uno protesta:
—Estas me hacen demasiado ruido.
Otro responde:
—Pues mejor, así te oímos venir.
Luis intenta mantener el orden.
—Por favor, una fila.
—La fila es conceptual (dice el Abuelo). Aquí cada uno avanza según su ritmo interior.
Juan toma notas frenéticamente.
—He detectado tres perfiles: los silenciosos, los musicales y los que arrastran.
—Los que arrastran —añade el Abuelo— son los filósofos. Van pensando.Cuando todos han elegido, empieza el caos sonoro.
El patio se llena de ritmos distintos:
flap-flap, flop-flop, flap-FLAP, shhh-shhh…
Una señora ríe.
—Parece que estemos ensayando una coreografía.
—Es la sinfonía del verano (declara el Abuelo). Y cada chancla tiene su nota.A media tarde, Luis propone una actividad inesperada:
—Concurso de sonido.
Los residentes se alinean.
Uno presume de ritmo flamenco.
Otra consigue un flap tan suave que parece un susurro.
Un tercero arrastra con tanta elegancia que parece un monje zen.
Juan aplaude.
—Esto merece un estudio.
—Esto merece una siesta, corrige el Abuelo.
Al final del día, el patio queda en silencio.
Las chanclas descansan bajo las sillas, como guerreras después de la batalla.
El Abuelo se abanica con dignidad y concluye:
—Hoy aprendimos que, en verano, hasta los pies tienen personalidad.
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