Crónica de verano de elabueloinfiltrado La guerra del ventilador

La mañana empieza con un sonido inconfundible: clac‑clac‑clac.

El ventilador grande del salón, ese que lleva más años que algunos residentes, ha decidido jubilarse sin previo aviso.
Luis lo mira con desesperación.
—No puedo más. Este aparato tiene alma… pero ya no tiene motor.
El Abuelo, sentado con su gorra “VOTA ’92”, observa la escena como si fuera un documental.
—Hijo, cuando un ventilador empieza a sonar como una maraca, es que está pidiendo derechos laborales.

Juan llega con su libreta, siempre dispuesto a diagnosticar.
—Propongo desmontarlo.
—Propongo no morir en el intento (responde el Abuelo). Ese ventilador ha visto cosas.
Empieza la operación. Luis trae un destornillador, Juan una linterna, y el Abuelo… un abanico.
—Por si acaso (dice). La tecnología falla, pero el abanico nunca.
Cuando abren la carcasa, una nube de polvo sale disparada como si el ventilador hubiera exhalado su último suspiro.
—Esto es arqueología, dice Juan.
—Esto es verano (corrige el Abuelo). Y el verano siempre nos pone a prueba.

Mientras intentan repararlo, los residentes empiezan a organizarse alrededor del salón. Una se abanica con un periódico, otro usa una tapa de tupper, y una tercera aparece con un abanico gigante que parece sacado de una obra de teatro.
—¡Aquí cada uno con su estrategia climática! ríe Luis.
Finalmente, el ventilador revive con un zumbido suave.
Fuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu.
Todos aplauden.

El Abuelo se abanica con dignidad y sentencia:
—La paz veraniega ha sido restaurada. Hasta que vuelva a sonar como maraca, claro.El aire empieza a circular, las sonrisas vuelven y la tarde se llena de ese alivio pequeño pero sagrado que solo un ventilador funcionando puede dar.

El Abuelo cierra los ojos y concluye:
—En esta casa, el héroe del verano no soy yo. Es el que mueve el aire.

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