El plan parecía sencillo: “Vamos al súper, compramos helado y volvemos antes de que el sol nos derrita”.
Pero en la residencia, nada es tan simple como parece.
Luis revisa la lista: helado, agua, servilletas y “algo fresco para el alma”.
—¿Quién escribió eso? pregunta.
El Abuelo levanta la mano.
—Yo. Es lo único que falta en los estantes últimamente.
Juan, siempre práctico, organiza el grupo: tres residentes, un carro y una botella de agua por cabeza.
—Esto no es una excursión (dice el Abuelo). Es una expedición antropológica. Vamos a estudiar cómo la gente sobrevive al verano sin perder la compostura.
El trayecto hasta el supermercado es una odisea. El asfalto parece una sartén y el aire vibra como si tuviera fiebre. Luis empuja el carro, Juan guía el grupo y el Abuelo comenta cada escaparate con su habitual ironía.
—Mira, rebajas de verano. Lo único que no baja es la temperatura.
Dentro del supermercado, el frescor del aire acondicionado se siente como una revelación divina. Los residentes suspiran, sonríen, se detienen frente a los congelados como quien contempla una obra de arte.
—Esto sí es civilización (dice el Abuelo). Aquí deberían hacer misa.
Luis busca el helado, pero el Abuelo ya ha desaparecido por el pasillo de los yogures.
—Estoy comparando filosofías (explica). El natural, el griego y el sin azúcar. Tres maneras de entender la vida.
Juan lo encuentra negociando con una cajera sobre el precio del gazpacho.
—¿Y si lo vendieran por litros de conversación? pregunta el Abuelo. Sería más justo.
De vuelta a la residencia, el helado se derrite un poco, pero nadie se queja.
—Lo importante (dice Luis) es que hemos sobrevivido.
—Y aprendido (añade el Abuelo). Que el verano no se combate, se conversa.
El grupo entra riendo, con el carro medio vacío y el ánimo lleno.
El Abuelo se sienta, abre su abanico y concluye:
—Excursión completada. Helado derretido, pero dignidad intacta.
Pero en la residencia, nada es tan simple como parece.
Luis revisa la lista: helado, agua, servilletas y “algo fresco para el alma”.
—¿Quién escribió eso? pregunta.
El Abuelo levanta la mano.
—Yo. Es lo único que falta en los estantes últimamente.
Juan, siempre práctico, organiza el grupo: tres residentes, un carro y una botella de agua por cabeza.
—Esto no es una excursión (dice el Abuelo). Es una expedición antropológica. Vamos a estudiar cómo la gente sobrevive al verano sin perder la compostura.
El trayecto hasta el supermercado es una odisea. El asfalto parece una sartén y el aire vibra como si tuviera fiebre. Luis empuja el carro, Juan guía el grupo y el Abuelo comenta cada escaparate con su habitual ironía.
—Mira, rebajas de verano. Lo único que no baja es la temperatura.
Dentro del supermercado, el frescor del aire acondicionado se siente como una revelación divina. Los residentes suspiran, sonríen, se detienen frente a los congelados como quien contempla una obra de arte.
—Esto sí es civilización (dice el Abuelo). Aquí deberían hacer misa.
Luis busca el helado, pero el Abuelo ya ha desaparecido por el pasillo de los yogures.
—Estoy comparando filosofías (explica). El natural, el griego y el sin azúcar. Tres maneras de entender la vida.
Juan lo encuentra negociando con una cajera sobre el precio del gazpacho.
—¿Y si lo vendieran por litros de conversación? pregunta el Abuelo. Sería más justo.
De vuelta a la residencia, el helado se derrite un poco, pero nadie se queja.
—Lo importante (dice Luis) es que hemos sobrevivido.
—Y aprendido (añade el Abuelo). Que el verano no se combate, se conversa.
El grupo entra riendo, con el carro medio vacío y el ánimo lleno.
El Abuelo se sienta, abre su abanico y concluye:
—Excursión completada. Helado derretido, pero dignidad intacta.
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