Hoy el Abuelo ha traído al cafe un artículo de el viernes de Francisco José Flores Platillero en Linkedin que le ha inspirado en esta Crónica.
Imaginemos por un momento que las máquinas lo consiguen. Todo.
Cultivan, fabrican, transportan, construyen, programan, atienden, limpian y producen energía. La inteligencia artificial y la robótica han sustituido prácticamente todo el trabajo humano.
A primera vista parece el paraíso.
Ya nadie tiene que trabajar.
Pero aparece una pregunta incómoda: ¿quién compra lo que producen las máquinas?
Si no hay empleo, tampoco hay salarios. Y si no hay salarios, la mayoría de las personas no tienen capacidad de compra.
Las fábricas continúan produciendo millones de productos, pero nadie puede comprarlos.
La economía se detiene.
Entonces aparece la paradoja: hemos conseguido producir prácticamente cualquier cosa, pero hemos destruido aquello que hacía posible consumirla: el ingreso de las personas.
Y llega un segundo problema.
Si las máquinas producen todo, ¿quién mantiene la enorme infraestructura necesaria para que funcionen?
¿Quién extrae las materias primas?
¿Quién produce el combustible?
¿Quién mantiene las centrales eléctricas?
¿Quién repara las redes?
¿Quién garantiza el suministro?
Supongamos que, además, esa compleja infraestructura tecnológica empieza a fallar.
Sin electricidad no funcionan los centros de datos.
Sin combustible no se mueve el transporte.
Sin piezas de repuesto, las máquinas dejan de funcionar.
Y entonces ocurre algo extraordinario:
la humanidad vuelve al principio.
Las personas empiezan a cultivar la tierra para alimentarse.
Se recuperan los conocimientos que durante generaciones consideramos innecesarios: sembrar, cosechar, conservar alimentos, construir herramientas, reparar, intercambiar.
El dinero pierde parte de su significado.
El valor vuelve a estar en aquello que realmente necesitamos.
Agua.
Alimentos.
Energía.
Conocimiento.
Herramientas.
Y, sobre todo, personas capaces de hacer cosas.
Esta hipótesis puede parecer extrema, pero plantea una reflexión muy actual.
Quizá el verdadero peligro no sea que las máquinas nos quiten el trabajo.
Quizá sea que olvidemos cómo vivir sin ellas.
La tecnología debe permitirnos trabajar menos y vivir mejor. Pero no debería convertirnos en seres absolutamente dependientes de sistemas que ya no sabemos mantener.
Porque una sociedad verdaderamente avanzada no es aquella en la que las personas ya no saben hacer nada.
Es aquella que utiliza las máquinas para liberar tiempo, pero conserva el conocimiento necesario para sobrevivir cuando las máquinas fallen.
El futuro no debería ser una humanidad contra las máquinas.
Debería ser una humanidad con máquinas, pero no esclava de ellas.
Porque quizá la pregunta más importante del futuro no sea:
«¿Qué trabajos harán las máquinas?»
Sino:
«¿Qué sabremos hacer nosotros cuando las máquinas no puedan hacerlo?»

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