El día amanece con una calma sospechosa.
Demasiado sospechosa.
Luis entra en el patio con el ceño fruncido.
—Faltan hamacas, anuncia. Ayer había ocho. Hoy… cinco.
El Abuelo, con su gorra “VOTA ’92”, se incorpora lentamente.
—Las hamacas no desaparecen. Se esconden. Son criaturas tímidas.Juan llega con su libreta, preparado para convertir el misterio en un caso de estudio.
—He hecho un croquis del patio. Las hamacas deberían estar aquí, aquí y aquí.
—Los croquis sirven para los muebles (dice el Abuelo). No para los objetos con vocación de fuga.
Empieza la investigación.
Luis revisa el almacén.
Juan inspecciona las sombras, como si las hamacas pudieran camuflarse.
El Abuelo observa desde su silla, con la sabiduría de quien ya ha visto demasiados veranos y demasiados muebles rebeldes.
Una residente se acerca con gesto cómplice.
—Yo he visto a dos señoras llevándose una hamaca al rincón del limonero.
—¿Para qué? pregunta Luis.
—Para tener “sombra premium”.
El Abuelo asiente.
—La sombra premium es un derecho natural. No se discute.
Siguiendo la pista, encuentran una hamaca escondida detrás de un seto.
Otra aparece misteriosamente en el pasillo, como si hubiera intentado huir hacia el aire acondicionado.
La tercera está ocupada por un residente que finge dormir para evitar preguntas.
—Yo no la moví (dice sin abrir los ojos). Ella vino a mí.
Luis suspira.
—Esto es un caos.
—Esto es agosto (corrige el Abuelo). Y en agosto todo el mundo busca su lugar en el mundo… y en la sombra.
Para evitar más desapariciones, Juan propone un sistema de turnos.
—Cada hamaca tendrá un horario.
—Los horarios son para los trenes (dice el Abuelo). Las hamacas funcionan por intuición.
Finalmente, Luis opta por la diplomacia:
—Vale. Cada uno puede mover su hamaca, pero debe avisar.
Los residentes aceptan.
El Abuelo sonríe.
—La convivencia es eso: avisar antes de robar la sombra ajena.
A media tarde, el patio parece un pequeño campamento nómada.
Las hamacas cambian de sitio según el sol, las conversaciones y los caprichos del viento.
Una señora declara:
—Hoy he tenido tres vistas distintas.
—Eso es viajar (dice el Abuelo). Sin moverse del sitio.
Cuando el sol empieza a caer, las hamacas vuelven a su lugar original, como si nada hubiera pasado.
Luis las cuenta una por una.
—Ocho. Todas.
El Abuelo se abanica con dignidad y concluye:
—Hoy aprendimos que las hamacas, como las personas, buscan su comodidad. Y que en verano, la sombra es la verdadera moneda de cambio.
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