El jardín de la residencia amaneció con un aire de conspiración. Las macetas parecían mirarse entre sí, y el geranio del rincón (ese que nunca florece cuando toca) había decidido inclinarse hacia el pasillo como si quisiera escapar.
Luis lo nota al pasar con la regadera.
—¿Y esto?
El Abuelo, sentado bajo la sombrilla, responde sin levantar la vista del periódico.
—Las plantas se hartaron de esperar sombra. Es una rebelión botánica.
Juan llega con su libreta de mantenimiento.
—No exageres, Abuelo. Solo necesitan agua.
—Agua y respeto (corrige él). Si tú estuvieras todo el día al sol, también te pondrías mustio.
Empieza la operación rescate. Luis riega, Juan poda, y el Abuelo supervisa con autoridad moral.
—Ese ficus tiene mirada de líder (dice). Si se organiza, mañana tenemos huelga verde.
Luis ríe.
—¿Y qué pedirían?
—Menos sol, más conversación y música clásica. Las plantas son sensibles, hijo.
Una residente se acerca con una radio portátil y pone boleros. Las hojas parecen moverse con ritmo.
—¿Ve? (dice el Abuelo). La diplomacia funciona mejor que la manguera.
Pero el geranio rebelde sigue torcido. Juan intenta enderezarlo, sin éxito.
—Está empeñado en mirar hacia la puerta.
—Normal (responde el Abuelo). Quiere libertad, como todos en verano.
Al final, deciden dejarlo así. Luis coloca un cartel que dice “Zona de pensamiento vegetal”.
El Abuelo sonríe.
—Perfecto. Que piense, que sueñe y que florezca cuando quiera. La autonomía también se riega.
El sol cae, el jardín recupera su calma y el aire huele a tierra mojada y humor compartido.
El Abuelo cierra el periódico y sentencia:
—Hoy las plantas nos han dado una lección: la dignidad también tiene raíces.
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