El calor vuelve a apretar y, como cada tarde, el salón de la residencia se convierte en un ecosistema propio: ventiladores girando, persianas a medio bajar y un murmullo suave de conversaciones somnolientas.
Luis entra con una caja llena de abanicos de colores.
—Los encontré en el almacén. Podemos repartirlos.
El Abuelo lo mira con solemnidad.
—Hijo, eso no es reparto. Eso es convocar un torneo.
Luis entra con una caja llena de abanicos de colores.
—Los encontré en el almacén. Podemos repartirlos.
El Abuelo lo mira con solemnidad.
—Hijo, eso no es reparto. Eso es convocar un torneo.
Juan levanta la vista de su libreta.
—¿Un torneo de qué?
—De abanicos (responde el Abuelo). Técnica, estilo y resistencia. El triatlón del verano.
En cuestión de minutos, varios residentes se apuntan. Una señora presume de muñeca flexible; otro asegura que domina “el golpe sevillano”; una tercera afirma que su abanico “hace más aire que el ventilador viejo”.
Luis, divertido, organiza una clasificación improvisada.
—Primera prueba: velocidad.
Los abanicos empiezan a sonar como un bosque en pleno vendaval.
Fff-fff-fff-fff-fff.
Juan toma notas con rigor científico.
—Interesante. La generación de aire aumenta un 40% cuando hay motivación competitiva.
El Abuelo asiente.
—La ciencia lo confirma: el verano saca lo mejor y lo peor de nosotros.Segunda prueba: estilo.
Una residente ejecuta un movimiento elegante digno de zarzuela. Otro hace un giro tan brusco que casi pierde el equilibrio.
Luis aplaude.
—¡Eso es arte!
—Eso es supervivencia —corrige el Abuelo—. El calor nos obliga a innovar.La final es de resistencia. Dos participantes se abanican sin parar mientras el público anima.
—Esto es épico, susurra Juan.
—Esto es agosto (dice el Abuelo). Y agosto siempre exige héroes.
Finalmente, gana una señora de 87 años que no ha perdido el ritmo ni un segundo. Levanta su abanico como si fuera un trofeo.
—La muñeca es lo último que se jubila —declara orgullosa.El salón estalla en aplausos. El aire se mueve, las risas también, y el calor parece rendirse por un momento.
El Abuelo se abanica con dignidad y concluye:
—Hoy hemos demostrado que, cuando el verano aprieta, el ingenio se despliega… como un buen abanico.
—¿Un torneo de qué?
—De abanicos (responde el Abuelo). Técnica, estilo y resistencia. El triatlón del verano.
En cuestión de minutos, varios residentes se apuntan. Una señora presume de muñeca flexible; otro asegura que domina “el golpe sevillano”; una tercera afirma que su abanico “hace más aire que el ventilador viejo”.
Luis, divertido, organiza una clasificación improvisada.
—Primera prueba: velocidad.
Los abanicos empiezan a sonar como un bosque en pleno vendaval.
Fff-fff-fff-fff-fff.
Juan toma notas con rigor científico.
—Interesante. La generación de aire aumenta un 40% cuando hay motivación competitiva.
El Abuelo asiente.
—La ciencia lo confirma: el verano saca lo mejor y lo peor de nosotros.Segunda prueba: estilo.
Una residente ejecuta un movimiento elegante digno de zarzuela. Otro hace un giro tan brusco que casi pierde el equilibrio.
Luis aplaude.
—¡Eso es arte!
—Eso es supervivencia —corrige el Abuelo—. El calor nos obliga a innovar.La final es de resistencia. Dos participantes se abanican sin parar mientras el público anima.
—Esto es épico, susurra Juan.
—Esto es agosto (dice el Abuelo). Y agosto siempre exige héroes.
Finalmente, gana una señora de 87 años que no ha perdido el ritmo ni un segundo. Levanta su abanico como si fuera un trofeo.
—La muñeca es lo último que se jubila —declara orgullosa.El salón estalla en aplausos. El aire se mueve, las risas también, y el calor parece rendirse por un momento.
El Abuelo se abanica con dignidad y concluye:
—Hoy hemos demostrado que, cuando el verano aprieta, el ingenio se despliega… como un buen abanico.
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