Luis llegó al café con el móvil en la mano.
Mirad, Alfredo y Abuelo (dijo dejando el teléfono sobre la mesa). Esta respuesta a un artículo sobre salarios y precios desde los noventa. Brutal. Y muy real.
El Abuelo ajustó las gafas y leyó en silencio.
—Así que… periódicos que subieron un 66%, cafés un 82%, viviendas que pasaron de 8 millones de pesetas a 40 años de hipoteca… y las auxiliares, en casi tres décadas, apenas 360 euros más.
Hizo una pausa.
—Esto no es economía. Es una biografía colectiva del empobrecimiento.
Luis y Alfredo asistieron.
—Y lo peor es que en nuestro sector se nota más que en ningún otro. Las cuidadoras sostienen la vida de miles de personas, pero sus salarios siguen anclados en un pasado que ya no existe.
El Abuelo, que vivió la entrada de España en la UE, sonrió con ironía.
—No se trata de criticar si fue bueno o malo entrar en Europa. Se trata del dato. Cuarenta años después, seguimos con sueldos que no se parecen ni de lejos a los de la media europea. Y sin un plan real, recuperar ese nivel podría llevar… ¿cuántos años?
—Muchos —respondió Luis—. Demasiados.
—Pues eso —dijo el Abuelo—. Como decía mi madre: “al final, todos calvos”.
En el sector de cuidados, la brecha es especialmente sangrante. Mientras los precios se disparaban, los salarios se movían a cámara lenta. Las auxiliares de finales de los 90 ganaban unas 150.000 pesetas. Hoy, unos 1.230 euros. Traducido: casi 30 años para subir 60.000 pesetas de las de antes. Una subida que no cubre ni de lejos el encarecimiento de la vida, la vivienda o la energía.
Y mientras tanto, la responsabilidad crece. Más personas mayores, más dependencia, más complejidad asistencial, más exigencia técnica y emocional. Pero el reconocimiento económico sigue sin aparecer.
Luis cerró el móvil.
—¿Sabes qué es lo más duro? Que la gente joven lo ve claro: con estos salarios, emanciparse pasa de 34 a 50 años. ¿Cómo vamos a atraer talento al sector si ni siquiera pueden imaginar un futuro estable?
El Abuelo apoyó la mano sobre la mesa.
—El problema no es la vocación. La vocación sobra. Lo que falta es justicia. Si España quiere un sistema de cuidados digno, necesita salarios dignos. No dentro de 40 años. Ahora.
Porque el sector de atención y cuidados no puede seguir siendo el lugar donde se pide excelencia mientras se paga precariedad.
No puede sostenerse un país que envejece sin profesionales que puedan vivir de su trabajo.
No puede haber calidad sin condiciones.
Cuarenta años después de entrar en Europa, es hora de que el sector deje de ser la excepción y se convierta, por fin, en una prioridad.

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