El Abuelo ha ido a tomar un café con el director de la residencia. Sobre la mesa, el comentario de un profesional del sector que resumía en un párrafo lo que muchos llevan años callando: “En 1999 se ganaba 300.000 pesetas como director. Hoy, después de 26 años, el salario apenas ha subido un 1%. Responsabilidad máxima, salario mínimo.”
El Abuelo lo leyó dos veces. Y los dos coincidieron en lo mismo: esto no es una anécdota, es un síntoma.
Porque mientras el SMI ha crecido (con justicia), los salarios técnicos y directivos del sector de cuidados han quedado atrapados en una especie de congelador histórico. Treinta años de incremento simbólico, treinta años en los que las tareas se multiplicaron, las normativas se endurecieron, las exigencias se dispararon… pero el reconocimiento económico quedó exactamente donde estaba.
El comentario seguía:
“Si me pagas el mínimo, ¿por qué me exiges el máximo? ¿Cómo puedo asumir responsabilidades legales, sanitarias, administrativas, de mantenimiento, de seguridad, de medicación, de documentación… sin formación específica y con un salario que no refleja ni la mitad de lo que se pide?”
El Director levantó la vista:
—Abuelo, ¿te das cuenta? Antes hablábamos de la precariedad de las cuidadoras. Hoy hablamos también de la precariedad de quienes gestionan, coordinan y sostienen el sistema desde dentro.
—Hijo —respondió el Abuelo—, es que aquí se ha confundido vocación con disponibilidad infinita. Y responsabilidad con voluntarismo.
Porque la paradoja es evidente:
Cuanto más complejo es el sistema, menos se retribuye a quienes lo sostienen.
Cuanto más se exige, menos se reconoce.
Cuanto más responsabilidad legal se acumula, más se normaliza que el salario sea el mínimo del convenio.
Y mientras tanto, España celebra 40 años en la Unión Europea. Cuarenta años en los que la productividad creció, la formación se profesionalizó, la esperanza de vida aumentó, la dependencia se disparó… pero los salarios del sector de cuidados quedaron anclados en otra época.
El Abuelo cerró el comentario con un suspiro:
—¿Sabes qué es lo más grave? Que después nos preguntamos por qué no hay relevo generacional, por qué faltan profesionales, por qué nadie quiere asumir responsabilidades.
—Normal (dijo el Director). Si el sistema exige como si pagara mucho, pero paga como si exigiera poco, algo se rompe.
Y ahí está el punto: no se puede construir un sector digno sobre salarios indignos.
Ni atraer talento con convenios que no reflejan la realidad.
Ni pedir excelencia cuando se retribuye supervivencia.
El Abuelo terminó su café y dejó una frase sobre la mesa, como quien deja una advertencia:
—Si queremos un sistema de cuidados fuerte, empecemos por cuidar a quienes lo sostienen. Porque sin ellos, no hay modelo, no hay calidad y no hay futuro.

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