Ayer, después de publicar la reflexión del Abuelo sobre la ACP, llegó un comentario que merece algo más que un “me gusta”. Era la voz de un profesional que, desde dentro, ponía el dedo en la llaga: ¿dónde está el personal necesario para hacer posible aquello que todos defendemos en teoría?
Su mensaje no era una queja. Era una radiografía. Una de esas verdades que no caben en los powerpoints, pero sí en los pasillos de madrugada.
Decía, en esencia:
“La ACP es preciosa en el papel… pero de noche somos 2, 3 o 4 para 60, 120, 150 personas. ¿Quién acompaña a quien quiere ver un debate? ¿Quién pasea con quien quiere salir al pueblo? ¿Quién se queda con quien no quiere dormir? Con los recursos actuales, implantarlo es imposible.”
Y remataba con una pregunta que debería estar en la entrada de cada congreso del sector:
¿Vivirías tú en el centro en el que trabajas, inspeccionas o gestionas?
Este comentario no contradice al Abuelo. Lo completa.
Porque la ACP no fracasa por falta de voluntad, ni por falta de sensibilidad, ni por falta de formación. Fracasa cuando se exige sin proporcionar las condiciones mínimas para que exista.
La incoherencia no está en los profesionales.
Está en pedirles que hagan magia.
En las noches de la residencia —esas que casi nadie ve— la ACP se convierte en un ejercicio de malabarismo emocional: atender, acompañar, contener, observar, prevenir… todo a la vez, con un equipo reducido y un nivel de responsabilidad que no siempre se reconoce.
Por eso este comentario es tan valioso:
pone en palabras lo que muchos viven y pocos se atreven a decir.
No es un ataque al modelo.
Es un recordatorio de que la dignidad también se construye con ratios, con tiempos, con descansos, con estabilidad, con estructuras que permitan cuidar sin desbordarse.
Quizá el verdadero avance del sector no sea repetir que “la persona está en el centro”, sino preguntarnos con honestidad:
¿estamos poniendo en el centro a quienes deben sostener ese modelo?
Porque sin profesionales cuidados, escuchados y dimensionados, la ACP no es un enfoque.
Es un eslogan.
Y las noches de la residencia (esas que el Abuelo conoce tan bien) seguirán siendo el espejo donde la teoría se enfrenta a la realidad.

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