Crónica de elabueloinfiltrado Presión, prisa y falta de rigor se pueden convertir en riesgo

Cualquier semejanza con empresas, personas vivas o muertas, o con hechos reales es mera coincidencia.

En las noches de una residencia, circulan historias que nadie quiere creer, pero que todos temen que puedan suceder y que empiezan con una frase dicha en voz baja: “Imagína que…”  y ese condicional hace que el silencio se haga más pesado.

Imaginemos un turno nocturno en el que el personal llega y encuentra al equipo conmocionado. No por un fallo evidente, sino por la sospecha de que una cadena de pequeñas malas praxis (ninguna malintencionada, todas comprensibles) podría haber desembocado en una tragedia. 
No un hecho, sino una posibilidad. Una hipótesis incómoda.

Imaginemos que, por falta de personal, una sola gerocultora tuviera que acostar a más de una docena de personas en apenas dos horas. Que la presión por “tenerlo todo hecho” antes del cambio de turno empujara a acelerar procesos que requieren calma, observación y presencia. 
Imaginemos que la cena, ese momento tan delicado para quienes tienen disfagia o deterioro cognitivo severo, se volviera una carrera contra el reloj. Que desde cocina no se revisara con detalle la adecuación del menú y la comida poco triturada. 
Y que, en ese escenario hipotético, un atragantamiento se convirtiera en un punto de no retorno.

No hablamos de culpables. Hablamos de condiciones. 
De cómo la mala praxis (sea por presión, por prisa, por falta de manos, por rutina o por agotamiento) no siempre nace de la negligencia, sino del sistema que la permite.

Porque la mala praxis no es solo “hacer algo mal”. 
Es no poder hacerlo bien.

En este ejercicio de imaginación, lo más inquietante no es la tragedia posible, sino la normalidad que la rodea: 
- Turnos imposibles. 
- Tareas masivas en tiempos irreales. 
- Protocolos que existen en papel, pero no en la práctica. 
- Supervisiones que priorizan el reloj antes que la seguridad. 
- Equipos que hacen lo que pueden, no lo que deberían.

Y entonces surge la pregunta que nadie quiere formular en voz alta: 
¿Qué consecuencias tiene un sistema que obliga a trabajar al límite?

La respuesta, incluso en una suposición, es clara: 
Las consecuencias siempre recaen sobre los más vulnerables.

Este relato no es una denuncia, sino un recordatorio:
- de que la calidad asistencial no se sostiene solo con vocación, sino con condiciones dignas, tiempos reales y equipos suficientes
- de que la prisa es enemiga del cuidado 
- de que la mala praxis, incluso cuando no es intencional, siempre deja una sombra que cuesta mucho disipar.

Quizá estas noches imaginadas nunca hayan ocurrido. 

La prevención empieza mucho antes del protocolo: empieza en cómo organizamos, acompañamos y protegemos a quienes cuidan.

Porque en una residencia, cada gesto importa. 
Y cada noche, incluso las imaginadas, nos recuerda lo mismo: 
el cuidado no admite atajos.

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