Hoy el Abuelo y Luis han decidido hacer algo que, según algunos, “ya no toca a su edad”: irse a un bar irlandés a ver el PSG–Arsenal.
Sí, sí… un bar irlandés. De esos donde la gente grita, salta, discute jugadas y celebra como si la vida dependiera de un balón.
Y allí estaban ellos, mezclados entre la multitud, como en los viejos tiempos.
Lo curioso es que el fútbol les da igual.
Lo que no les da igual es el ambiente.
La energía.
La sensación de estar vivos.
La música, los gritos, las risas, el murmullo colectivo que te recuerda que aún formas parte del mundo.
Porque ser mayor no te desconecta de la vida… a veces te conecta más.
Cuando ya no tienes prisa por demostrar nada, te permites disfrutarlo todo.
Mientras la gente discutía un fuera de juego, Luis le dijo al Abuelo:
—Oye, ¿y si esto es lo que nos mantiene jóvenes?
Y el Abuelo, sin apartar la vista de la pantalla, respondió:
—No el partido, Luis… la gente.
Y ahí está la clave.
No es el fútbol.
No es el bar.
No es el PSG ni el Arsenal.
Es sentirse dentro, no fuera.
Es recordar que la edad no te expulsa de la vida social… salvo que tú mismo te autoexpulses.
Hoy, entre pintas, cánticos y un gol que celebraron sin saber quién lo había marcado, el Abuelo y Luis demostraron algo importante:
Que la participación no tiene edad, que la energía se contagia, y que estar a tope no es un privilegio de los jóvenes, sino una actitud.
Quizá deberíamos dejar de preguntarnos qué pueden o no pueden hacer los mayores, y empezar a preguntarles qué les apetece hacer.
Porque cuando se les da espacio, pasan cosas como esta:
Dos veteranos infiltrados en un bar irlandés, disfrutando como si tuvieran veinte años… pero con la sabiduría de tener muchos más.
A veces, envejecer no va de retirarse.
Va de seguir entrando en los sitios donde pasan cosas.
Y hoy, en ese bar, pasaban muchas.

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